Archives for category: Muestra de escritura

Hola a todos:

No sé si habréis notado que ando por aquí y por allá haciendo un poco de todo. Pero pensé que os daría alguna pista, y me sería útil a mí para saber dónde estoy.

Me apunté a unas clases sobre cómo promocionar libros, y en parte siguiendo los consejos del curso, estoy revisando mi blog y mi página web y decidiendo cómo los voy a organizar en el futuro. Parece que las listas de correos electrónicos son una buena manera de identificar a los lectores que puedan estar interesados en nuestra obra y mantenerse en contacto con ellos. Y aparte de tener una lista, hay que convencer a la gente para que se apunte, y para ello, una de las estrategias es darles contenido que les pueda interesar… Libros, información sobre personajes, fichas…

Por eso decidí escribir una precuela (no me gusta nada el nombre, pero ya me entendéis) de Una vez psiquiatra… ya que aunque tengo ideas para más historias con los mismos protagonistas (y de hecho he empezado a escribir una), me pareció que escribir una novela corta para presentar los personajes podría ser interesante, y planeo ofrecerla gratis.

Una vez psiquiatra... de Olga Núñez Miret Portada de Ernesto Valdés

Una vez psiquiatra… de Olga Núñez Miret Portada de Ernesto Valdés

Acabé de escribir el borrador de esa historia, en inglés, y estoy corrigiéndola. He hablado con Ernesto Valdés que creó la portada original, pero el principal problema (sí, aún la tengo que traducir, pero eso se andará) es que no sé cómo llamarla. Tengo varias ideas, pero de momento, nada ha cuajado. Así que la portada se está gestando, pero…

Os dejo el principio de la historia y algunas imágenes que no creo que usemos, pero me gustaron.

1.     La crisis

—¡Fue terrible! Te lo digo de verdad, Phil. ¡Una vergüenza! ¡El pobre tío estaba abriéndome su corazón y su alma, y yo ni siquiera le estaba escuchando! ¿Qué tipo de psiquiatra soy yo? ¿Dónde está mi empatía? Una de las profesiones que se cuida de los demás. ¡Ja! ¡Ni siquiera nos importa lo que nos dicen!

—Vamos, Mary. No te lo tomes así. Era de madrugada y llevabas trabajando todo el día. — Phil aprovechó que Mary había tenido que pararse a recobrar el aliento e intentó ofrecerle su punto de vista. No era abogado y la voz del raciocinio por nada. Su amiga Mary, normalmente tranquila y con la cabeza en su sitio, estaba descontrolada. Sí, era cierto que tenía un trabajo estresante, ya que trabajaba de psiquiatra internista residente en un hospital grande. Pero llevaba tiempo en formación y normalmente no se tomaba las cosas tan a la tremenda.

—Eso no es culpa suya. Joder, el tío estaba hablando de su vida, contándome que su novia le había dejado, que se estaba planteando suicidarse y yo… estaba en babia. No tengo la menor idea de lo que me dijo.

—No pasó nada. Le diste un buen consejo y evidentemente debiste oír más que suficiente. Probablemente solo desconectaste unos segundos. Y le proporcionaste lo que necesitaba.

—¿Cómo? Quería alguien que le escuchara. ¡Y yo no le estaba escuchando!

Phil se dio cuenta de que dijera lo que dijera lo más probable era que solo iba a conseguir empeorar las cosas, y decidió dejar que Mary se lo sacara todo del pecho. Se le agotarían las pilas en algún momento. Con un poco de suerte.

Ella dejó de hablar después de unos cuantos minutos más de lamentarse de su falta de empatía. Phil decidió que podía arriesgarse a intervenir de nuevo.

—¿Por qué no…?

—Es un timo, —ella le interrumpió. — ¿Te acuerdas de aquella película que se llamaba House of Games (Casa de juegos)?

—¿La que iba de una psiquiatra y unos timadores? ¿De David Mamet, no?

—Sí, justamente esa. Me estoy planteando que tenía razón. Montamos una escenita, una actuación y mientras seamos buenos actores, profesionales, y tengamos el atrezo y sepamos usar la jerga apropiada,  colará.

—Si lo miras así, supongo que todas las profesiones son un timo— dijo Phil.

—Quizás. Pero la mayoría no van por ahí moralizando y diciéndole a los demás lo que tienen que hacer.

Imagen royalty free en Unsplash.com

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Otra de sus imágenes. Sí, la mayor parte de la historia es en New York

Otra de sus imágenes. Sí, la mayor parte de la historia es en New York

Y otra imagen de Unsplash.com

Y otra imagen de Unsplash.com

Muchas gracias a todos por leer, y si os ha gustado, dadle al me gusta, comentad, compartid… y hoy no hace falta que hagáis clic, aunque si queréis visitar Unsplash.com, os lo recomiendo. Y si tenéis alguna idea, se agradecen todas. (Y si no habéis leído Una Vez Psiquiatra… ¿a qué estáis esperando?)

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Hola a todos:

Mañana será publicada la segunda novela en mi serie juvenil Asuntos angélicos 2. Dimensiones de Greg. Y se me ocurrió que para recordároslo, le dedicaría un post individual.

Primero quería compartir un video que preparé, que aunque lo incluí en un post la semana pasada, como estaba al final de todo, creo que pasó desapercibido. Así que hoy lo pongo al principio.

Un fragmento de la novela:

El viernes me pareció ver a un tipo al que no había visto nunca antes, de pie delante de mi casa. Cuando salí echó a andar hacia mí, o eso me pareció, pero Seth pasó en coche y se ofreció a llevarme y yo accedí. Cuando volví a ver al mismo tío esperando a cierta distancia cuando Sylvia, Lorna y yo salimos de la escuela, no supe qué pensar. Creí que desaparecería durante el rato que íbamos a pasar en la biblioteca. Y no le vi cuando salimos de allí o de camino a la parada de autobús. Pero tan pronto como arrancó el autobús, le vi de pie en la acera al otro lado de la calle.

El tío aquel me estaba empezando a asustar. No se lo había contado a Lorna y Sylvia porque ¿qué podían hacer ellas de todas maneras? Sylvia empezaría a hablar de acoso, como siempre, y Lorna se preguntaría si era un buen candidato para una relación amorosa. Aunque, para ser justa con ella, de hecho no. Era alto, muy delgado, pálido, con pinta de Goth, con un vestuario nada impresionante… No, no era de los que Lorna consideraría un buen candidato a novio. Y por lo menos debía tener veinticinco años o más. ¿Por qué nos estaba siguiendo? O, mejor dicho, ¿por qué me estaba siguiendo a mí?

El hombre misterioso que sigue a Pink

El hombre misterioso que sigue a Pink

No es que me asuste fácilmente, en mi opinión, pero empecé a andar más deprisa. Estaba oscureciendo y aún me quedaba un trozo para llegar a mi casa, y aunque el vecindario era seguro… Él también aceleró. “No te asustes. ¡No te asustes!” me iba repitiendo mentalmente. No me funcionó demasiado bien. Estaba a punto de echar a correr cuando el tipo ese gritó:

—Pink… ¡Pink!

Vale, eso era raro. ¿Cómo narices sabía cómo me llamaba?

—Pink… —yo me había parado. Me alcanzó—. Soy yo. —Le miré. Yo…

—¿Quién eres exactamente?

—Me siguen gustando las trufas Lindt.

—¿G?

Él sonrió y asintió.

El G original

El G original

—Me pensaba que te habían hecho ir de vuelta… a casa. No me di cuenta de que simplemente te iban a dar otro cuerpo.

Se encogió de hombros.

—Yo tampoco. No, me han dado otra misión.

—Ya veo. ¿De nuevo aquí?

—No exactamente.

—¿Entonces dónde?

—Dallas.

—¿Cómo? Está lejos. ¿Tienes el día libre, o está tu protegido por aquí, o qué?

—¿Libre? No tenemos tiempo libre.

—Tenéis un contrato de mierda, entonces.

Él se rio y se encogió de hombros.

—No está tan mal considerando los tipos de contratos que mi jefe suele ofrecer —dijo. Ahora me tocó a mí sonreír.

—Así que, ¿qué haces por aquí?

—Quería ver cómo estabas.

No empecéis todos… “Oh, qué mono” porque estamos hablando de un demonio.

—Estoy bien. Gracias.

—Me alegro. ¿Se está cuidando bien de ti Dashiell?

—Podrías preguntárselo a él. Nunca he tenido muy claro que es lo que pensáis conseguir vosotros siguiéndome todo el rato. Me has dado tantas versiones distintas de la historia… Y Dashiell… Es mucho más estricto y dedicado exclusivamente a la misión de lo que lo eras tú.

Suspiró. Su nuevo cuerpo le daba un aspecto más vulnerable.

—Echo de menos estar conectado contigo.

Ahora estaba llevando las cosas demasiado lejos.

—Si haces memoria, la tal conexión se rompió hace tiempo. Debería irme. Se está haciendo tarde.

—Te acompaño a casa.

Me daba una sensación muy rara el tener a G andando a mi lado, pero sin parecerse para nada al que solía ser. Muy extraño.

—¿Cómo están Lorna y Sylvia?

—Bien. Bueno, más o menos. Lorna ha decidido que ha llegado la hora de encontrar a su hombre perfecto, y Sylvia decidió ir a por ello y diseñó un programa de ordenador para ayudarla. Y creó un perfil e incluso una especie de retrato digital. Y se parece algo a Dashiell, así que ahora Lorna cree que él podría ser su hombre perfecto. Y él no ha sido de gran ayuda.

Dashiell

Dashiell

—¿Qué ha hecho?

Le conté a G su idea de crear una tapadera para mantenerse en contacto conmigo haciendo que todas le ayudásemos en su proyecto.

—No deberían haberme apartado de tu caso —se quejó.

—Oh, estoy segura de que ella estará bien. Lorna es dura de pelar.

—¿Y Sylvia?

—No estoy tan segura sobre Sylvia. Se está comportando de forma rara últimamente. Nos dijo que puede que hubiera conocido a alguien pero no quiere contarnos ningún detalle. Y siempre parece estar distraída. Creo que algo se cuece, pero por algún motivo no quiere hablar de ello. Estoy preocupada, aunque normalmente suele tener los pies en tierra.

Él se acarició la barbilla, que en su cuerpo actual era muy prominente.

—Veré si puedo descubrir algo.

—Estoy segura de que debes estar ocupado con tu misión, sea lo que sea. No quiero que te metas en líos con tu jefe por no hacer tu trabajo y mezclarte en asuntos humanos.

Se encogió de hombros.

—A mi “jefe”, como insistes en llamarle, le gustan los líos. Le hacen superarse a sí mismo. Siempre consigue encontrarle un lado ventajoso a algo que a primera vista parece haber salido mal.

—Muy emprendedor. Suena a spin doctor.

—¡Desde luego!

Sonreí y le miré atentamente. Sí, daba una sensación muy rara, porque aunque, por supuesto, la voz tampoco era la suya, e incluso el acento era diferente —un deje sureño lento y pausado que el G de antes no tenía— a mí me seguía sonando como él. O quizás solo era mi mente gastándome una broma.

—Parece que tu misión no te tiene muy ocupado. Supongo que no puedo saber de qué va.

Él hizo una mueca. Le había tocado un punto sensible.

—Es un aburrimiento. Se supone que tengo que hacerle de niñera a un niño pequeño, tiene unos siete u ocho años, porque a uno de nuestros analistas se le ocurrió sugerir que tiene el potencial para convertirse en un tipo peligroso en el futuro, un líder letal y chiflado de las masas, o un supervillano, o un cerebro criminal… Algo así. Si te digo la verdad, hasta ahora es un niño la mar de aburrido, ni siquiera es particularmente malo o travieso. Quizás Sylvia debería venir a trabajar con nosotros. Sus programas puede que nos resultaran más útiles que nuestros métodos de investigación. Revisando historias, leyendas, libros antiguos, observando las estrellas… Supersticiones tontas si quieres mi opinión.

Me hizo reír.

—Nunca hubiese creído que eras un escéptico, cuando mostrabas tanta pasión por la profecía esa que tiene que ver conmigo.

—Bueno, es mejor no arriesgarse. Y es una profecía muy famosa y de buena reputación, no un puzle de unir los puntos.

Le miré intentando adivinar la verdad.

—Pero de todas formas no importa, porque en realidad no se refiere a mí. ¿No?

—Por supuesto.

¿Se sonrojó? A mí me lo pareció, pero no estaba segura de lo mucho que el cuerpo huésped mostraría las emociones reales del demonio. ¿Tenían emociones de verdad? Yo no le creía. Me preguntaba si volvería a  creerle alguna vez.

Pink

Pink

—Por supuesto que confío en tu discreción con respecto a mi misión.

—De todas formas no conozco ningún detalle. Y no me veo yendo a matar al niño ese solo por si acaso.

—Te sorprenderías de lo que llegan a hacer algunas personas.

—¿Cómo te llamas ahora? —le pregunté.

—Peter Pratt. —No sé qué cara debí poner, porque añadió— Eh, no lo escogí yo.

—No me acostumbro a la pinta que tienes ahora.

Se miró de cabeza a pies.

—De nuevo, no lo escogí yo. Aunque supongo que los humanos tampoco escogen su aspecto, a menos que sean muy ricos con cirugía plástica y ese tipo de cosas, pero incluso con eso hay límites.

Me limité a asentir.

—Ya sé que me has dicho que no es como en las historias y las pinturas y todo eso, pero ¿qué aspecto tienes de verdad? No cuando adoptas un cuerpo humano sino…

—No tenemos cuernos, ni una cola y un tridente y no somos de color rojo. No tenemos un aspecto físico como lo entendéis vosotros. Somos una energía espiritual. Algo parecido al show de luces que usa Azrael. Aunque en su caso es una luz brillante. En el nuestro… es oscuridad, como si fuera un agujero negro. No es realmente un agujero negro pero sí una especie de vacío, como la ausencia de luz, por explicarlo de alguna manera.

Los dos nos quedamos callados. Estábamos muy cerca de mi calle. Se paró.

—Será mejor que me vaya ahora. Cuídate. Y no se lo digas a Dashiell. No es una visita oficial y no creo que le hiciese mucha gracia saber que he venido.

—Adiós.

Él me cogió la mano derecha entre sus dos manos, me dio un apretón y se fue. Había sido una visita muy rara. Y sospechaba que no sería la última.

Antes de que se me olviden, los enlaces al libro:

Asuntos angélicos 2. Dimensiones de Greg

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Kobo:

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Nook:

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Y, como sé que os gustan, os dejo un video, probablemente la canción más famosa que habla de ángeles en los últimos años.

Gracias a todos por leer, ver y oír, y ya sabéis, si os ha interesado, dadle al me gusta, comentad, compartid, y haced CLIC!

Hola a todos:

Como ya sabéis ando a destajo intentando dejarlo todo listo para la publicación de mi nueva serie juvenil Asuntos angélicos y os pedí ayuda hace poco para correr la voz. Muchísimas gracias a todos (hablaré más de ello cuando pueda) pero gracias. Sois maravillosos.

Estuve pensando en qué podía ofreceros para agradecéroslo. Me he dado cuenta que voy a estar muy liada con mis propias promociones y las de los demás, pero aun así… Se me ocurrió compartir una historia que escribí hace tiempo pero no he publicado nunca (aunque igual la habéis leído por ahí porque la he compartido antes, aunque hace varios años). Es una historia que me parece entretenida, y que les puede gustar igual a los escritores, a los no escritores, y a los soñadores. No es de las más cortas pero espero que la disfrutéis. Ah, y al final os dejo unos enlaces que igual os resultan útiles.

La novela

Denver nunca había sido la más atractiva o afortunada de las chicas. Pelo castaño, ojos marrones, altura media. Ni siquiera tenía un tipo escultural. Había pasado por EGB y bachillerato sin hacer nada remarcable. Había salido con algunos chicos, pero nunca había tenido novio formal (¡o informal!). Había dejado la casa de sus padres (gente agradable, pero demasiado convencional) hacía casi un año, y se había imaginado que su vida cambiaría por completo. ¡Se acabó el aburrimiento!

¡Excitación, libertad, locura! Quizás todo eso no era ella, después de todo, porque su vida continuó tan aburrida como siempre. Nada nuevo. Tenía un piso-estudio para ella sola, pero eso era todo. Ni siquiera era un sitio de  moda. Tranquilo, silencioso, y vacío.

Incluso su amiga Filomena estaba viviendo con alguien. Denver siempre había pensado que Filomena sería la última chica en el mundo en echarse novio. Tan tímida, tan educadita, nunca se atrevía a correr riesgos…Y ahí estaba. Filomena había tenido su aventura, y Denver aún estaba ahí. Esperando.  ¿Qué narices estaba esperando?

Si las cosas fueran como en los libros o en las películas. La vida sería mucho más fácil de manejar. Si consiguiera descubrir cuál era la trama de su vida, o al menos cuál era el género de la novela que estaba viviendo. Si la vida viniera con un libro de instrucciones para su uso y disfrute todo sería mucho más simple.

Denver se dijo a sí misma que todo era cosa de decidirse. Se iba a poner al mando. De ahora en adelante, era ella la que escribía su propia historia. Y ella decidiría como iba a ser. Le pareció escuchar la música de Carmen (“Toreador”) mientras se adormecía pensando en ello. Su nombre en luces de neón. Sus parientes y amigos aplaudiendo su actuación. ¡Su vida se iba a convertir en un best-seller!

A la mañana siguiente, cuando entró en la oficina, se había decidido. Una novela rosa. Eso era lo que su vida sería. Una hermosa historia de amor. El decorado no era perfecto: mesas, ordenadores, puertas, papeles y más papeles. Pero su reserva de imaginación era más grande que el Banco Nacional. Podía hacer desaparecer la realidad, si se empeñaba. Todo formaba parte del proceso de creación. Las mesas baratas de plástico se podían convertir en mesas de época, de caoba. Las lámparas, en arañas de cristal…Quizás algo más íntimo y menos elegante sería más romántico. Tampoco quería “Lo que el Viento se Llevó”. Era demasiado. No era tan ambiciosa. Cortinas con flores en las ventanas; en lugar de rascacielos un lago y una casita blanca en la distancia, una canción de Cole Porter o un bolero…Y una luz suave. Combinaría con su vestido rosa. Y tenía un héroe, el Sr. Blanco, Marcos, su jefe. Era alto, moreno y guapo. Denver se había dado cuenta de que habían muchas mujeres interesadas en él, pero en su interior, incluso si no lo demostraba nunca, ella sabía que la llama de su amor ardía intensamente. Denver había comprado flores para su mesa, para redondear la escena, y dejó una en la oficina de su jefe.

El Sr. Blanco entró y la saludó con un gesto. La música subió de volumen. Él nunca le había dicho nada pero Denver presentía que sólo estaba fingiendo indiferencia.  Esperó a que la llamara. Estaba segura de que la llamaría en cualquier momento para darle las gracias por la flor, y le confesaría sus sentimientos. Se podía imaginar la escena. Ella entraría, y allí estaría él, en el centro de la habitación, como iluminado por un foco, con todo borroso a su alrededor, y una sonrisa en los labios. ¿Quién necesitaba a Brad Pitt o a Antonio Banderas cuando una tenía al Sr. Blanco? El se abalanzaría sobre ella, inflamado por la pasión y tomándole la mano, se la cubriría de besos.

 

“Gracias por la flor. Es tan bella y delicada como tú. Supongo que te imaginabas que yo no me había fijado en ti, pero he necesitado toda mi fuerza de voluntad para mantenerme alejado hasta ahora, y…”

“Sr. Blanco…” Ella enrojecería y movería sus largas pestañas que eran uno de sus mayores encantos.

“Llámame Marcos…”

Una de las otras chicas, una recién llegada, baja y siempre moviéndose, le puso la mano en el hombro.

“El Sr. Blanco te está llamando. Yo no le haría esperar. Está bastante impaciente últimamente.”

“Conmigo no estará impaciente.”

La otra chica la miró sorprendida, pero Denver entró en la oficina con decisión, el bloc de notas y una sonrisa muy ancha. ‘Our love is here to stay’[1] sonaba en su imaginación.

“Sr. Blanco.”

Su jefe estaba estornudando como un loco. No había ni sonrisa ni entorno borroso.

“¿Fue idea suya?” Le preguntó señalando la flor.

“Bueno, sí. Pensé que animaría la oficina.”

“Nadie le ha pedido que piense. Soy alérgico a las flores. Sáquela de aquí. ¡Deprisa!” Su tono de voz era duro y frío. No le había gustado nada su gesto romántico.

Denver agarró la flor sintiéndose mortificada. Sólo estaba intentando…

“Y no vuelva aquí. El Sr. Vidal necesita que alguien le ayude. Su secretaria tuvo un accidente hace un par de días. Llévese sus cosas a su oficina.”

¡El Sr. Vidal! Era viejo, fiero, y no muy agradable. Denver quería llorar.

“Y llévese las flores de su mesa. Gracias.”

¿Gracias? ¿Gracias? ¿Quién se había creído que era? No su héroe, definitivamente no. Un héroe romántico no se comportaba así. Hombres. Nunca se podía confiar en ellos para actuar sus papeles.

Mientras estaba archivando documentos en la oficina del Sr. Vidal concluyó que su vida podía ser cualquier otra cosa, pero una novela romántica no era. Pero, ¿quién quería una novela rosa? No había aventura, riesgo, peligro…Una historia de detectives. Una buena historia de misterio era lo que necesitaba.

A la mañana siguiente Denver decidió ponerse un traje oscuro, e incluso se compró un paquete de cigarrillos por el camino. Intentó fumar uno, pero la hizo toser, y le empezaron a llorar los ojos. Los tiró a la basura. Tendría que ser un detective sano e higiénico para variar.

Una vez en la oficina no pasó nada excitante por un rato. Seleccionar el correo, contestar algunas cartas, cambiar algunas citas. Justo antes de la hora de comer, Esteban, uno de los vendedores y novio de María (una de las otras secretarias) fue a verla. Era un chico majo, nada especial, pero amable y atento. No sabía cómo vestir, porque pelo rojo no combina con traje marrón, pero no era como los otros vendedores que sólo coqueteaban con las chicas guapas y a ella nunca le decían nada. Era un chico educado y siempre le contaba las aventuras que le pasaban vendiendo sus ‘maravillosos complementos de jardín’. María nunca le dejaba hablar de eso; era demasiado aburrido. Ella sólo quería que la adorara y que hablara sobre ella todo el rato. Esteban era demasiado bueno para María. No era el tipo de Denver, pero se merecía algo mejor que María. Siempre se tenía que dar aires.

“Me preguntaba si me podrías ayudar a resolver este misterio.”

¡Un misterio! ¡Eureka! Había presentido que sería su día afortunado. La música inundaba sus oídos. Amenazadora, violenta, jazz…

“Cuéntame.”

“He ido a ver a María…No está en su mesa.”

El pulso de Denver se aceleró. Sonó la trompeta. Una persona desaparecida. Siempre era un buen tema en historias de detectives.

“Probablemente está haciendo algo…¿Fotocopias?”

“Ya he mirado. No está allí. Y nadie la ha visto salir.”

“Vayamos a investigar.”

Denver examinó la mesa de María con el mayor cuidado. Un buen detective tiene que ser científico y meticuloso. Qué lástima que no se había traído la lupa. Pero, era demasiado anticuado. Hoy en día todo eran tests del ADN y sofisticados aparatos. Tendría que usar sólo su talento. Más barato. Observación era la primera norma. La libreta de notas de María estaba en el despacho, así que no era probable que estuviera en la oficina del Sr. Blanco. A menos que…

“¿Crees que está archivando algo en la oficina?” preguntó Esteban.

“Es posible, pero al Sr. Blanco no le gusta que archivemos mientras él está dentro, y no ha salido. ¿Ves? María no ha anotado nada en el diario. El Sr. Blanco tiene que estar en el despacho.”

“¿Y el cuarto de baño?”

“Hace mucho rato. Y su bolso está en el cajón, o sea que no se está maquillando ni nada.”

“No puede haberse esfumado.”

“¿Te estaba esperando?¿Sabía que ibas a venir?”

“No. Yo no iba a estar aquí hoy, tenía que salir de la ciudad, pero el cliente me llamó para decirme que estaba enfermo, así que no fui.”

“Ya veo.”

Una idea se apoderó del cerebro de Denver. No le gustaba pero tenía sentido. Era la explicación perfecta de porque el Sr. Blanco había estado tan enfadado últimamente, porque María vestía ropas mejores y más caras, porque la había echado con una excusa estúpida. Su banda sonora mental murió. Silencio de muerte.

“Me parece…” Denver presionó el botón del intercomunicador.

“Oh María…”

“Sr. Blanco…”

“Marcos…”

“Marcos…Sigue…Sigue…!Sí, sí, sí!”

Denver lo apagó. Era demasiado. La cara de Esteban había cambiado de color.

“Zorra.”

“No…”

Esteban estaba sofocado, tembloroso, pero intentó sonreír. “No te preocupes. No cometeré ninguna estupidez. Que le vaya bien. Que les vaya bien a los dos. Puedo encontrar a otra como ella cuando quiera. Gracias de todas formas.”

“Lo siento.”

“No te preocupes. No es culpa tuya. Adiós.”

Denver no era suficientemente dura para el trabajo. No le gustaban los resultados. La verdad podía ser muy dolorosa a veces y a ella no le gustaba hacer daño a nadie. Su vida no sería una novela de detectives tampoco.

Denver decidió no admitir su derrota aún. Los tiempos no eran los adecuados para novelas románticas o historias de detectives. La gente quería lo imposible, sueños transformados en realidad, progreso…Ciencia Ficción, eso era el género de moda. Una buena historia de Ciencia Ficción. Eso era.

En el ascensor el día siguiente Denver intentó ponerse del humor adecuado para su nuevo género. El edificio era más apropiado para eso que para novelas rosas o historias de misterio. Puertas de aspecto metálico, pinturas abstractas, esculturas mecánicas, cámaras por todos lados, pantallas de ordenador, y miles de puertas…Incluso la gente parecía gris y metálica ese día. El ascensor se paró sin avisar entre los piso diez y once. No conocía a ninguna de las personas atrapadas con ella. Trabajaban en otras oficinas. Uno de los hombres, pálido, calvo, de traje gris, parecía enfadado.

“Me pregunto que pasa ahora. Estos malditos cacharros nunca funcionan bien.”

“No será nada serio” aseguró la más joven, más rubia y más guapa de las chicas. Llevaba una falda gris y una blusa también gris. Un día gris, definitivamente.

“¿Usamos la alarma?” preguntó un hombre muy joven y nervioso, todo sudoroso, y probablemente estrenando su primer traje gris en su primer trabajo.

Las luces se apagaron. Quizás se había equivocado y no era una novela de ciencia ficción sino una película de terror. O una combinación de las dos, como ‘Alien’. Pero, la única música que sonaba en su mente era la de la banda en el bar de ‘La Guerra de las Galaxias’. OK, todos eran un poco raros en el ascensor, pero no tanto como los especímenes de la película.

“¿Qué está pasando?” Era una voz desconocida. Sin dudad una mujer gris.

“Le daré al botón” dijo el joven hombre gris. Ni movimiento, ni sonido. Silencio.

“¡No funciona! ¿Qué está pasando?” preguntó la misma mujer gris. El tono de voz era mucho más agudo esta vez.

El ascensor tembló y se oyeron ruidos. Todo el mundo se quedó callado. A Denver no le acababa de parecer la situación adecuada para una abducción por extraterrestres. Siempre había oído decir que habían luces brillantes, y normalmente le pasaba a gente conduciendo en caminos solitarios, o yendo a pasear, no en medio de la ciudad, en un ascensor lleno de gente. No tenía sentido. Quizás era una novela de terror. Pero,¿por qué esa música? No era serio. Incluso la música de ‘Expediente X’ sería más apropiada, pero no. El bar extraterrestre en ‘La Guerra de las Galaxias’.

Oyeron algo que parecían voces provenientes del exterior. Quizás era una abducción. Extraterrestres. ¿Preferirían los extraterrestres gente vestida de azul en ascensores? Denver no recordaba haber leído nada sobre eso. No debería haber descuidado su cultura de esa forma. Si no la secuestraban se encargaría de ponerse al día. Y si la secuestraban…bueno, suponía que se enteraría de una forma u otra.

“¡Ayuda! ¡Estamos atrapados!” gritó el hombre calvo de gris.

No se oyeron más voces y todo se quedó silencioso.

“Aquí hay algo raro.” Opinó el joven de gris. “Me parece…

Oyeron algo o a alguien andando en el techo del ascensor. Uno de los paneles encima de ellos se empezó a mover. El panel se levantó y un rayo de luz penetró la oscuridad. ¡Denver se había dado cuenta, horrorizada, que iba vestida de verde! ¡Venían a por ella! ¡Los extraterrestres no podían soportar a la gente que se vestía de color verde! Denver gritó y el resto del ascensor se unió a ella.

“¡Vienen a por nosotros!”.

Cuando una cabeza se asomó por la apertura, un golpe fuerte resonó en la cabina. Un círculo de luz se posó en el cuerpo. Era el hombre gris calvo. Se había desmayado.

“¿Qué hacen aquí?” preguntó el dueño de la cabeza. “Le dijimos al portero que no le dejara usar esta unidad a nadie porque teníamos que hacer algunas reparaciones, así que la paramos donde nos convino.”

“El portero no nos dijo nada.”

“¿Y quién se pensaban que era yo? ¿Por qué gritaron? Bueno, les dejaremos salir. Lo siento.” El mecánico se sonrió. Probablemente estaba pensando en la historia que les iba a contar a sus colegas. ¡Pánico en el ascensor!

Daba vergüenza. Incluso Denver tenía un aspecto gris después de eso. Y por si no fuera suficientemente malo, la música siguió. Pero lo podía soportar. No sería una historia de Ciencia-Ficción, o una novela de terror. Quizás probar otro de los estilos antiguos. Eran tiempos de recuperación histórica. Un buen Western. Nada se podía comparar a una buena historia del oeste. Y Denver siempre se había querido poner botas de vaquero y sombrero. Con la calefacción central a todo gas el sitio parecía un desierto, y los cactus que la compañía había comprado para darle a la oficina un aire hogareño facilitaban la ilusión. Su nombre era apropiado. Denver.El Denver Kid…La chica Denver…Denver la rápida. ¿Búfalo Denver?. Decisiones, decisiones. Y el Sr. Vidal dándole la lata con las copias. Escogería su nuevo nombre mientras hacía las fotocopias.

Cuando Denver llegó a la fotocopiadora, que estaba estratégicamente situada en medio del corredor que conectaba todas las oficinas, se dio cuenta de que se había olvidado su tarjeta. Dejó las  cosas junto a la máquina mientras iba a recogerla. Cuando volvió María había tenido la cara dura de saltarse la cola y empezar a fotocopiar sus cosas. ¿Quién se había creído que era? Primero su hombre, luego la fotocopiadora. ¿Qué sería lo siguiente? No, no se podía tolerar. No había suficiente espacio en la oficina para las dos. Los silbidos de fondo de una de las películas de Clint Eastwood parecían filtrarse debajo de la puerta al otro lado del corredor. Un corredor muy largo. Vacío. Sólo María y ella.

“María.”

“¿Sí?”

“ Yo estaba aquí antes que tú. ¿No viste mis cosas?”

“Tendrías que acordarte de traer la tarjeta. Nunca te acuerdas de nada. Tienes un cerebro como un colador.”

Denver no tenía pistola, pero se echó la mano al cinturón de todos modos. Se ajustó su sombrero blanco imaginario. Al fondo del callejón lleno de polvo estaba su enemigo, María, vestida de negro. Se acercaron a cámara lenta la una a la otra. ¿Fue su imaginación u oyó realmente el clic de las espuelas? Acercándose más, un poco más.

“Y tú te tendrías que acordar de que tienes novio antes de meterte en la oficina con el jefe.” Se sintió algo perversa, pero uno tenía que usar las mejores armas disponibles. Estaba preparada para disparar. Rápido, limpio, sin dudar.

“¿Qué quieres decir?”

“¿Has visto a Steve últimamente?”

“No.”

“Creo que escuchó una conversación algo curiosa entre el Sr. Blanco y tú.”

“No sé de qué estás hablando.”

“Una que decía más o menos: ‘Marcos…¡Sí, sí, sí!” dijo Denver intentando imitar la voz chillona de María. ¿Había dado en el blanco? María todavía se mantenía en pie, pero estaba segura de que al menos la había herido.

“¡Tú…!”

“Yo…¿Qué…?”

Denver vió en los ojos de María que se estaba preparando para disparar. Tenía aspecto de tener buena puntería. Fría, tranquila, sin temblar.

“¿Sabes lo que me dijo Marcos, Denver? Dijo: ‘Esa Denver, es una criatura de lo más patética. Siempre viviendo en las nubes, no tiene estilo, sin sentido del humor. Estoy seguro de que es lesbiana.”

“El no…”Denver sintió como la bala le entraba en el corazón.

“¿Quieres que le preguntemos a él?”

Denver se retiró. Demasiada pérdida de sangre para intentar otro disparo. No se había ofendido porque el Sr. Blanco la había llamado lesbiana. Eso no era un insulto, era lo mismo que llamarla baja o de pelo castaño. Pero ‘criatura patética’ ‘sin sentido del humor’. Se había esforzado tanto para gustarle y había fallado. Si todos sus esfuerzos habían fallado con él, no tenía ninguna posibilidad con nadie más. Dejó la escena herida de gravedad. Había perdido el duelo. No había nacido para ser pistolera tampoco.

Si Esteban no hubiera entrado en la oficina en aquel preciso instante Denver se habría echado a llorar, pero sabía que él tenía mejores razones que ellas para llorar (después de todo había estado saliendo con María por casi dos años y parecía que iba en serio) y se lo estaba tomando muy bien. Su vida podía ser cualquier cosa pero no quería que acabara en tragedia. No era para tanto.

“Hola Denver. No pareces muy contenta.”

“Hola Esteban. No lo estoy. Pero no es nada de importancia.”

“Cuéntame tus penas y yo te contaré las mías.”

“Es una historia muy larga, Esteban.”

“Es la hora de comer. Vamos. Salgamos y me lo cuentas.”

“De acuerdo.”

Sentados en un banco del parque le contó a Esteban sus ideas sobre libros y vida y sus fallidos intentos de vivir su vida como si fuera un libro. Él se rio.

“¿Te parece divertido?”

“Sí. ¿No te has dado cuenta de que tu vida es una comedia fantástica?”

“No lo es. Al menos no para mí.”

“Yo creo que es para morirse de risa. Un duelo con María. Es una idea maravillosa. No me importaría probar a mí. Pero preferiría pistolas de verdad.”

“Estoy contenta de haberte hecho reír.”

“Me has hecho sentirme mejor. Pero no tan bien come para cambiar de opinión. He decidido dejar este trabajo. No me gustó nunca, desde el principio y no quiero hacer esto toda la vida. Un amigo mío se ha comprado un restaurante. No recuerdo si te lo había dicho antes pero estudié para chef. Para empezar no será un gran negocio, pero…”

“¿Aquí?”

“No, en Madrid. Está algo lejos pero no dejo demasiadas cosas aquí.”

“Te echaré de menos.”

“Ven a verme. Yo también te echaré de menos. Eres la única a la que echaré de menos en este agujero. Pero debes recordar que nadie puede arruinarte la vida si no les dejas. Tienes suficiente imaginación para sobrevivir cualquier cosa.”

“Gracias. Debemos volver a la oficina. Yo todavía trabajo allí.”

“Volvamos.”

Esteban prometió despedirse antes de marcharse, y Denver a cambió prometió que intentaría ir a visitarle. Se sentó de nuevo a la mesa y su mente voló a los viejos temas. Vida. Novelas. Quizás los libros no eran una guía tan buena y poderosa como se había imaginado. No quería vivir una comedia que sólo era divertida para los demás. El escritor del guion de su vida no le había dado un buen papel. Y tampoco demasiado donde escoger. La vida no era justa.

“¡Denver, Denver!” La voz del Sr. Vidal la devolvió a la realidad. “¿Soñando de nuevo? Venga a mi oficina. Le tengo que dictar unas cartas.”

Cartas, cartas…Quizás la vida consistía solamente en escribir las cartas de otros.

De vuelta en casa Denver siguió pensando en su vida. ¿Escribir las cartas de otros? ¿Era éso todo? No. No podía ser. Si no podía vivir su vida como un libro, quizás…

Se sentó a la mesa, cogió lápiz y papel y empezó a escribir:

Denver nunca había sido la más atractiva o afortunada de las chicas.

 ***

       Y como os prometí, los enlaces.

Si os molestan los anuncios cuando estáis en línea, igual os interesa probar:

 

https://adblockplus.org/

Es una extensión gratuita que funciona con todos (al menos los que yo conozco) buscadores y que bloquea los anuncios. No los bloquea todos, ya que no bloquea los que consideran que no interfieren y ayudan a que funcione el sitio web, y se puede ajustar a vuestros intereses. Por ejemplo, a mí los botones pidiendo likes en Facebook no me molestan demasiado, pero si a vosotros sí, los podéis bloquear.

Para los escritores entre vosotros, ya sabéis que Amazon tiene muchas tiendas en muchos sitios, y eso quiere decir que existen múltiples enlaces para vuestros libros, ya que cada persona los comprará en el  Amazon del territorio donde vivan (normalmente). Para evitar tener que dar un listado muy largo de enlaces, hay varios sitios web que ofrecen la creación de enlaces únicos que llevan a cada comprador la Amazon que les corresponda (en realidad al Amazon del territorio donde estén. Cuando yo estaba en España me enviaban al de España, pero mi Amazon es el UK. Tan listos estos enlaces no son). Hay diferencias entre ellos y algunos son más complicados que otros (si tenéis cuentas de afiliados, etc, puede haber problemas). Yo siempre intento encontrar algo fácil y hoy en día uso:

http://relinks.me/

Solo necesitáis el enlace o el ASIN del libro y ya está. También os ofrecen el enlace en formato corto (útil para Twitter y os ahorra tener que usar un acortador como Bitly, que también son útiles) y el código QR, que aunque yo no he usado para nada, si creáis vuestro propio material promocional pueden veniros muy bien. Yo me he tenido que poner en contacto con ellos un par de veces y son muy serviciales y lo solucionan todo enseguida (y considerando que es gratis, es muy de agradecer). Ah, también podéis crear un enlace multiterritorial de autor, si tenéis perfiles distintos en distintas tiendas. (Si no, el enlace llevaría a la gente a una lista de vuestras obras, que tampoco es malo).

Y como no estaba nada  ocupada ya (ja!) se me ocurrió que estudiar un idioma nuevo me mantendría el cerebro en marcha, así que después de leer un post con sugerencias, probé Duolingo y ahí sigo, más de un mes después de empezar.

https://www.duolingo.com/

Duolingo me dice que domino el 16% del alemán, pero tengo mis dudas. En fin, es ameno, las lecciones no son muy largas  y gente del país deja comentarios y aclaraciones que son de lo más entretenidas (e informativas). Por si os aburrís.

Gracias a todos por leer, perdonad por este post tan raro que me ha salido, y ya sabéis, comentad, compartid y haced CLIC!

Y no os olvidéis de Asuntos angélicos que los ángeles tienen una memoria muy larga, y no os digo nada de los demonios!

Asuntos angélicos 1. Alerta Pink

Asuntos angélicos 1. Alerta Pink

Amazon:

http://rxe.me/YI7UMCW

Kobo:

http://bit.ly/1GLyi0v

Nook:

http://bit.ly/1K5e174

Apple:

http://apple.co/1cvgBWw

[1] TN: ‘Our Love is here to stay’: canción romántica cuya traducción sería : Nuestro amor está aquí para quedarse, escrita por George y Ira Gershwin.

Hola a todos:

Últimamente me ha dado por repasar las cosas que he hecho y los libros que he publicado. Aunque más recientemente he publicado libros que he escrito hace poco, cuando empecé a publicar lo hice por libros que hacía tiempo que había escrito y estaban guardaditos en el cajón. Aún me quedan unos cuantos esperando a ser desenterrados (o a convertirse en zombies, quién sabe) pero ya veremos.

A cambio de una traducción (que me está encantando, pero como no está acabada no os digo más), Paloma Caral accedió a revisar mis dos primeras novelas en español, ‘El hombre que nunca existió’ (en la que sigue trabajando) y ‘Gemela Maldad‘. Hace poco Paloma me entregó la versión corregida de Gemela Maldad, y aproveché para crear una portada nueva y publicar la versión mejorada.

Paloma Caral correcciones

Paloma Caral correcciones

Y ya que menciono a Paloma Caral, si os interesa informaros sobre sus servicios de corrección, lo podéis hacer aquí. Porque como ella dice: Solo existe una vez para una primera impresión.

Aprovechando la oportunidad, y ya que hace bastante de la publicación inicial, pensé aprovechar la ocasión para recordaros estas novela corta juvenil y compartir el principio por si os apetece.

Gemela Maldad de Olga Núñez Miret

Gemela Maldad de Olga Núñez Miret

Érase una vez un par de gemelos, un chico y una chica. Rut era rubia, ojos azules, de piel muy blanca y muy buena. Max tenía el pelo negro como el carbón, los ojos grises, y era huraño y malo. Su vecina de al lado y compañera de fatigas, Hilda, intentaba ser amiga de los dos, pero no era fácil. Los dos hermanos no se podían ver y ella siempre se encontraba en medio de sus peleas intentando mantener la paz. Max opinaba que su hermana era una pesada y aburrida, imposiblemente perfecta, y Rut no podía soportar las travesuras de su hermano y su pésimo comportamiento. Le tenía miedo. Rut era demasiado perfecta e inocente, como una niña pequeña, para poder sobrevivir en el mundo real, tanto que Hilda sospechaba que algún problema había, pero no sabía cual. ¿Era Rut el ángel que todo el mundo creía? ¿Estaba enferma? ¿Por qué no se comportaba como una chica de su edad? Cuando los dos gemelos empezaron a hablar del destino y a decir que “algo” iba a ocurrir Hilda se preocupó. ¿Qué podía hacer? Y desgraciadamente “algo” ocurrió.
‘Gemela Maldad’ es una novela corta juvenil (aproximadamente 55 páginas) que empieza como un cuento de hadas, trata de amistades que sobreviven a todos los contratiempos, de tragedia, romance, y también tiene un toque de fantasía/paranormal. Con una historia que engancha, buen ritmo, y unos personajes misteriosos, intrigantes y entrañables os hará pensar. Si tenéis mucha imaginación y os gustan las lecturas compactas y gratificantes, ¿por qué no la probáis?

Y aquí la muestra:

La amiga de Hilda, Rut, era la chica más bonita y encantadora de la pequeña ciudad donde vivían. Su pelo rubio era brillante y fino como la seda, sus ojos azules como zafiros, su boca roja como el coral. Si hubiera vivido en una época diferente los juglares le habrían dedicado sus canciones. Rut era el orgullo y deleite de Yorktown. Y era lista, y generosa, y amable. Lo tenía todo.

Rut también tenía un hermano. Max era su gemelo, pero casi nadie habría adivinado que estaban emparentados. Él era muy alto y delgado, su pelo espeso, rizado y negro como el carbón, sus ojos grises como la pizarra, sus labios eran delgados y su boca casi nunca sonreía. Él era la oveja negra de la familia, y a Rut y a él la gente les llamaba «el ángel y el demonio».

Hilda los conocía a los dos de toda la vida. Eran de la misma edad y, de hecho, sus familias se conocían desde antes de que ellos nacieran. Sus padres solían salir en citas dobles y se casaron en una boda conjunta. Vivían en casas contiguas y era como si todos fueran miembros de la misma familia. Hilda siempre había creído que era su obligación ser la amiga de Rut y Max. La tarea había sido muy fácil con Hilda, que era amiga de todo el mundo, pero Max nunca había sido un chico fácil de querer. Cuando jugaban juntos de niños, él torturaba a los animales, a los insectos, se peleaba con otros niños. Rut siempre había intentado alejarse de él y de evitarle, ya que no soportaba ningún tipo de violencia, pero Hilda no era nada delicada y Max siempre había asumido que Hilda estaba de acuerdo con lo que él hacía. Le había dicho muchas veces que no le gustaba su comportamiento, pero él insistía en que sus palabras eran solo una pose. Max siempre era tan desagradable como podía con su hermana. Ponía animales muertos en su cama, gusanos en su comida, le arruinaba los vestidos. Una vez, Hilda detuvo a Max cuando estaba a punto de prenderle fuego al pelo de su hermana mientras dormía. Rut se despertó con la discusión y le pegó un bofetón cuando se enteró de lo que estuvo a punto de hacer, pero él solo se rio. Ni amenazas de Rut, ni advertencias de sus padres, ni castigos de sus profesores obtenían resultados, ya que a él no le importaban.

El verano del diecisiete cumpleaños de los gemelos, Max le había dado un descanso a todo el mundo y había decidido irse de acampada con otros jóvenes. Las dos familias habían tenido un par de semanas de paz y habían estado preparando la fiesta de cumpleaños de los dos, tranquilos y en perfecta calma.

—¡Hilda! ¡Hilda!

—¡Oh, no, ha vuelto! —murmuró Esteban, el padre de Hilda.

—¡Hilda!

—Ve a ver qué quiere antes de que acabemos todos sordos o locos —le ordenó su madre, Mandy.

—Vale, vale. Ya voy.

—¡Hilda!

Hilda salió al jardín sintiéndose como una mártir. ¡La de sacrificios que tenía que hacer para mantener la paz! Max estaba agitado, corriendo por todo el jardín. Abrió la boca y empezó a decir:

— ¡Hil…! ¡Ah, estás aquí!

—Sí, Max, aquí estoy. ¿Siempre tienes que ser tan ruidoso?

—¡Cállate! Quiero enseñarte algo.

Max agarró a Hilda del brazo y la arrastró por encima de la pequeña valla que separaba los jardines.

—Ten cuidado, ¿no?

—Perdona. Ven, deprisa.

Hilda y Max entraron en su casa a través de la puerta del salón que daba al jardín. Hilda saludó a la madre de Max, Eleonor, y a su padre, Patrick. Rut estaba sentada en su habitación con la puerta abierta.

—¡Ah, Rut! ¿Cómo…?

Max empujó a Hilda hacia su cuarto.

—No le hables. No has venido aquí para hablar con ella, has venido a ver algo.

—¿Cuándo vas a crecer de una vez, Max? Sabes que también soy amiga de tu hermana y…

—Para, por favor, mira.

Max encendió la luz. Su habitación estaba pintada de negro, las paredes y el techo, con extrañas inscripciones cabalísticas y dibujos diabólicos. Allí siempre estaba oscuro. Se quitó la camiseta y le enseñó la espalda a Hilda.

—¿Qué te parece?

Hilda se quedó sin habla. Era un tatuaje increíble. Un águila negra, con las alas extendidas, atacando a una paloma blanca. El pico del águila goteaba sangre y el color rojo del tatuaje era muy intenso y vivo, parecía latir. La paloma tenía los ojos azules y llevaba una espiga de trigo en el pico. Los ojos del águila eran grises y las alas brillaban iridiscentes. Era un tatuaje extremadamente vívido. Y su significado estaba tan claro que Hilda no lo podía ignorar. Max siempre llamaba a Rut «paloma blanca». A menudo le cantaba la canción. Era horrible.

—¿Por qué lo has hecho, Max?

—Había un tío muy bueno haciendo tatuajes muy cerca de donde acampamos. Es un diseño propio.

—Ya me había dado cuenta.

—¿Por qué no te gusta? ¿No te parece bueno?

—Es bueno, increíblemente bueno, pero ¿qué significa?

—¿Qué significa? Nada. Es solo un tatuaje.

Max intentó usar su cara más inocente, pero no le surgía de forma natural. No convencía a nadie.

—No me gusta la simbología —dijo Rut.

—«Simbología». ¡Qué palabra más bella! Me encanta como hablas, como un libro.

—Adiós, Max.

Rut le dio la espalda y se dirigió hacia la puerta.

—¡Espera, espera! ¡Me he hecho otro tatuaje!

—Si es como este, preferiría no verlo, gracias.

—Es muy diferente. Adivina dónde está.

Aquí el enlace en Amazon (de momento disponible en Unlimited, pero no por mucho tiempo):

http://bit.ly/1yFIF35

Gracias por leer, y ya sabéis, si os ha interesado, dadle al me gusta, comentad, compartid y haced CLIC! 

Hola  a todos:

Como ya sabéis los viernes os traigo a nuevos escritores y/o novedades literarias. Hace unos días, Javier Núñez (que no es pariente, Núñez es un apellido bastante corriente) envió un mensaje diciendo que andaba a la búsqueda de blogs para publicar un relato corto nuevo. No me pude resistir ya que sé que os gusta ser los primeros en probar lectura nuevas. Pero antes, os recuerdo su libro El sendero del horror.

El sendero del horror de Javier Núñez

El sendero del horror de Javier Núñez

El sendero del horror se compone de dos relatos largos:

– En CONTRA RELOJ, un profesor de instituto que pasa por un mal momento en su matrimonio recibe una petición de auxilio… a través de la impresora de su ordenador.
Decidir averiguar quién está detrás de aquel desesperado grito de socorro y acudir en su ayuda será la peor decisión que haya tomado en su vida.

– En MONEDA MALDITA, un chico encuentra una moneda de aspecto antiguo. Parece poco más que un pedazo de chatarra. El problema es que quién la posee se encuentra en serio peligro de muerte.

Se ha dicho de él:
—————–
>>En él, se sumergirán en dos historias de creciente suspenso que el autor ha sabido describir con lujo de detalles, que te harán ser parte de las historias, cuyos finales son impensados”, By Chris (administrador de LIBROS, PELÍCULAS Y SERIES DE TERROR, en Facebook)

>>Me ha sorprendido gratamente lo meticuloso que es el autor a la hora de las descripciones, no solo de lo que ven los personajes sino del desarrollo de las situaciones que viven, y eso me ha gustado mucho porque es casi como si leyeras en imágenes. No es algo precisamente fácil de lograr para un escritor, pero Javier Nuñez lo consigue (EL ESCALPELO LITERARIO)

>>Javier Nuñez tiene una facilidad para trasmitir sensaciones que muy pocos consiguen. Cada uno de los relatos te harán meterte en la piel del personaje y sentir lo que está sintiendo con cada situación. (EBOOKEANDO LO DESCONOCIDO)

>>Buenas descripciones, paisajes variados, diálogos que te atrapan dentro de una lectura agil que hacen que quieras saber en todo momento como terminaran estas historias (ZONA EXCÉNTRICA)

>>El autor nos engancha desde las primeras líneas con una inquietante trama de suspense y misterio manteniendo una tensión y una angustia que no te permite dejar de leer hasta llegar a un final que sorprende, como no podría ser de otra manera en una buena obra del género (PUNTOS SUSPENSIVOS)

http://www.amazon.es/dp/B00AMGC672/

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Y aquí, su  nuevo relato, y un enlace a más historias que nos deja el autor:

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UNA HABITACIÓN PARA LA ETERNIDAD

por Javier Núñez

Correctora: Bea Magaña

 

Rafaela se encontraba sentada ante una pequeña mesa de madera ajada, llena de vetas y nudos oscuros, jugando una partida de solitario con una baraja española. Las cartas dispuestas sobre la superficie gastada estaban combadas y llenas de dobleces. Cogió una  del montón que sostenía boca abajo en la mano izquierda, le dio la vuelta y la examinó. Comprobó que se trataba del cuatro de espadas y la dispuso en la parte inferior de una de las hileras. Pese a moverse con gestos lentos y pesados, no necesitó detenerse a pensar dónde ponerla. Había jugado tantas veces aquellas partidas. Tantas miles de veces…

Alzó la vista y miró hacia el pequeño bulto que yacía tendido en la cama, inmóvil frente a ella. El armazón de esta era de un hierro tan deslustrado que ni siquiera la luz del sol que se colaba tímidamente por la ventana era capaz de arrancarle un destello. El hombre que se encontraba bajo las mantas estaba recostado sobre el lado izquierdo, de cara a la suerte de puerta de que disponía la habitación, y permanecía inmóvil durante tanto tiempo que podía inducir a pensar que estaba muerto. Solo que no era así. No allí. La realidad era que se hallaba tan débil que apenas era capaz de mover una ínfima parte de su propio peso.

Rafaela regresó a su partida de solitario. Al agachar la cabeza comprobó que, por sí misma, su mano derecha ya había comenzado a depositar una sota de bastos en la parte inferior de otra de las hileras. El resultado no era importante para ella. Le daba igual si completaba o no el solitario, pero la decisión de seguir jugando no le pertenecía. Continuaba haciéndolo porque no tenía alternativa. Arrojar las cartas contra el suelo y cruzarse de brazos no constituía una opción válida. Su margen de movimientos no podía ser más reducido. Con excepción de algunas pequeñas modificaciones conductuales sin importancia, todo escapaba a su control. Todo estaba escrito, y quien lo hizo había usado tinta indeleble. De la que perduraba en el tiempo, sin siquiera emborronarse.

El As de copas, la siguiente carta, no encajaba en ninguna de las siete hileras, así que la devolvió al montón y cogió otra. Jugó durante un rato más. Hasta que, poco a poco, el montón fue disminuyendo de grosor, y se quedó con menos de una docena de cartas en la mano. Colocó un tres de oros al final de la tercera hilera empezando por la izquierda antes de que la partida entrara en una fase de bloqueo insalvable y no le quedara más remedio que darla por finalizada. Las soltó boca arriba, sobre la mesa, y comenzó a recogerlas para empezar una nueva.

Aunque, en realidad, no tenía nada de nueva.

No necesitaba jugarla para saber que la próxima también la perdería. Pero, aun así, debía hacerlo. Debía jugarla. Como todas las anteriores, y como todas las que vendrían después.

Cuando volvió a quedarse bloqueada —esta vez con solo cuatro cartas en la mano—, retiró la silla de madera hacia atrás y se levantó. La anea entrelazada crujió cuando despegó el trasero del asiento. Se alisó la falda y se acercó al hueco abierto en la pared que hacía las veces de ventana. Al otro lado de los listones de madera que la delimitaban, el cielo era de un color gris ceniza a causa de las numerosas nubes que lo cubrían —incluso bajo ellos; como si la habitación flotara en el espacio—. A través de estas, el sol pugnaba por abrirse paso como un aguerrido soldado en medio del fragor de la batalla. Cuando lo lograba, sus rayos diluían la penumbra en que se hallaba sumida la habitación e iluminaban vagamente sus contornos. Al mismo tiempo, los rasgos de Rafaela mutaban y se transformaban en un cúmulo entremezclado de luces y sombras en su rostro surcado de arrugas.

La última vez que había examinado su reflejo en un espejo tenía el pelo entrecano, y sabía que eso no había cambiado. Ni ninguna otra de las características de su apariencia o condición física. Seguía teniendo una acentuada red de varices en las piernas, la verruga con forma de lágrima del párpado izquierdo, molestias en la parte baja de la espalda como resultado de toda una vida de duro trabajo. Porque en aquel sitio las cosas no variaban. No mejoraban ni empeoraban. Ya que allí el tiempo —y todo cuanto pudiera guardar relación con él— no ejercía la menor influencia. De hecho, literalmente, no existía.

Al cabo de un rato se volvió, atravesó la habitación y se detuvo ante la cabecera de la cama. La cabeza del hombre yacía apoyada sobre una fina almohada. Tenía los carnosos párpados caídos sobre los pómulos, el pelo corto, negro y despeinado, y una barba desaliñada que se amontonaba en torno a sus mejillas y bajo su barbilla como un ovillo de lana después de que un niño hubiera estado jugando con él. Bajo ésta se adivinaban con claridad unas mejillas hundidas, que hacían que los pómulos parecieran más prominentes y los ojos más hundidos en sus cuencas. Su nariz era ancha y estaba sepultada bajo un aluvión de venitas rotas: un rasgo muy común entre los alcohólicos.

Rafaela no tenía ni idea de cómo se llamaba. De igual manera que no sabía por qué compartía esa habitación con ella. Por su aspecto, daba la impresión de que había llevado una vida desordenada y poco saludable. Y el hecho de que hubiera terminado allí añadía un nuevo elemento a la ecuación: no había sido una buena persona. Como ella, al parecer. Por eso permanecían atrapados en una burbuja que no estallaba y que todo apuntaba a que nunca lo haría.

Sus intentos de entablar conversación con el hombre habían pinchado en hueso. Era consciente de la presencia de Rafaela, pero hablar resultaba ser una tarea demasiado ardua para él. Rafaela pensaba que, para terminar en ese estado, debía haber hecho mucho daño y dejado tras de sí mucho dolor durante el tiempo que su corazón había bombeado sangre a todos los rincones de su organismo.

El hecho de que no solo hubiera terminado allí, sino que su castigo fuese permanecer inconsciente la mayor parte del tiempo, le había encogido el alma. Pero eso solo había sucedido al principio. Los primeros días, por así decirlo. Luego había concluido que existían varios preceptos inviolables, cuyo quebrantamiento le hacían a uno acabar allí. Y que el hombre debía haberse llevado unos cuantos por delante, como un obstáculo en medio de las vías al paso de un tren de mercancías. Varios peldaños por encima de los que quiera que se le atribuyesen a ella, en todo caso.

El hombre sufrió el esperado ataque de tos y Rafaela lo recibió con tranquilidad, inclinándose sobre él y rodeándole el cuerpo con los brazos. Bajo los huesudos omóplatos, su piel estaba blanda y correosa, y despedía un tufo agrio semejante al de la leche de un brick olvidado en el fondo de la nevera, detrás de un bote extragrande de mostaza. Tiró de él y lo incorporó sin dificultad. La manta con que se cubría cayó sobre su regazo, dejando a la vista un torso descarnado que era poco más que pellejo, en el que destacaban dos gruesos pezones sonrosados rodeados de una mata de oscuro pelo largo y rizado.

Estuvo dándole palmaditas en la espalda, sin preocuparse por que le tosiera en la cara, hasta que se le pasó. Seguía resultándole tan desagradable como la primera vez, pero hacía mucho que había dejado de atender a remilgos. Cuando el cuerpo del hombre empezó a relajarse, Rafaela lo apartó de sí y lo recostó nuevamente sobre el colchón. Su boca abierta dejaba a la vista unos dientes amarillentos y picados, y un reguero de baba le rodeaba la boca y se le escurría por entre la barba. Boqueó varias veces, como un pez fuera del agua. Entonces, entreabrió los ojos y articuló un inaudible «gracias».

Rafaela no contestó. El simple hecho de que aquel hombre estuviera allí le despertaba un profundo sentimiento de animadversión.

¿Cuál era la historia de su vida? ¿Qué era aquello tan horrible que le había hecho terminar en ese lugar?

Aunque, si lo odiaba, ¿lo justo no sería que se odiara también a sí misma? No recordaba nada de su vida anterior. Todo su pasado se había borrado de su cabeza como una foto velada. Así que no podía saber qué acción o acciones la habían condenado a quedar atrapada en aquel sitio. Pero, en el fondo, eso era lo de menos. Un mero detalle sin importancia, porque recordarlo no cambiaría nada, partiendo de la base de que el pasado era inalterable.

El hombre había vuelto a dormirse, y Rafaela se giró hacia la puerta que tenía a su espalda. O la apariencia de puerta, más bien, puesto que carecía de picaporte, cerradura y bisagras. Al principio de estar allí —fuera cuando eso fuese— la había aporreado y pedido ayuda a gritos, pero nunca acudió nadie. Y era demasiado robusta para una mujer de sesenta y tres años con problemas de circulación en las piernas y artrosis en las articulaciones. No podría tirarla abajo ni aunque fuese de cartón prensado.

Fuera, el cielo seguía siendo de un gris plomizo, pero el sol había ido desplazándose hacia el oeste hasta desaparecer del campo de visión que le ofrecía la ventana, sumiendo a la habitación en una penumbra aún más intensa de lo que había habido hasta entonces. Volvió sobre sus pasos y encendió la pequeña lamparita metálica que había sobre la mesa. La bombilla de escasa potencia iluminó un círculo de unos tres metros de diámetro que confirió un aire ominoso a la habitación.

Cuando el hombre encamado sufrió un nuevo ataque de tos —la tos de un fumador de toda la vida—, Rafaela volvió a incorporarlo y lo mantuvo sentado hasta que se le pasó. Esta vez, el hombre no le dio las gracias. Quizá porque se había quedado definitivamente sin fuerzas. Al cabo, lo recostó con cuidado y lo arropó con la sábana hasta el pecho.

—No soy una mala persona —dijo, elevando una protesta a la habitación vacía de oyentes.

Cada vez que llegaba aquel momento exacto abría la boca y las palabras brotaban del fondo de su garganta, estranguladas por la angustia. No siempre decía lo mismo. A veces, la queja variaba. Solo que no sabía si estaba diciendo la verdad o únicamente algo que se empeñaba en creer. Muy probablemente lo segundo, habida cuenta de los resultados.

Regresó a la mesa de madera desnuda y cogió la baraja. Al principio pensaba que, al menos, su castigador había tenido la deferencia de concederle algo con lo que distraerse. Entonces, en cierto momento del ciclo, se le había ocurrido que los naipes eran el pretexto perfecto para todo lo contrario. Dado que allí no existía el tiempo, las partidas de solitario eran su referencia respecto a cómo este transcurría subrepticiamente, igual que un sosegado río subterráneo que discurriera bajo sus pies. A cómo avanzaba en una dirección para, de pronto, trazar un giro brusco y regresar al punto de partida, desde donde volver a empezar.

Mientras barajaba sentía los últimos rayos de luz en la espalda. Ya no calentaban, y apenas lucían. El día tocaba a su fin para dar paso a la oscuridad de la noche. La extraña sensación de no comer nada había quedado atrás en algún punto del camino. No tenía hambre ni sueño, porque allí no existían esas dos cosas. Siempre tenía el estómago satisfecho y el cerebro despierto. Como máquinas autosuficientes.

Cuando terminó de barajar dispuso siete cartas sobre la mesa y comenzó una nueva partida, pese a que aun antes de hacerlo ya sabía que iba a perderla. Y la racha se prolongaría durante cuatro partidas más. Otras siete y tendría que volver a levantarse para incorporar al hombre después de que este sufriera otro ataque de tos. Diecinueve antes de verse obligada a interrumpir el juego para hacerlo de nuevo. Veintiséis antes del que llegaría a continuación. En torno a ciento cuarenta antes de que el sol volviera a despuntar por el horizonte.

Entre tanto, la noche transcurriría silenciosamente a su espalda, salpicada de estrellas y con la luna desplazándose en el mar de brea en que se había convertido el cielo. Acabó la partida que estaba jugando y, con la mente en blanco, recogió las cartas y se puso a barajarlas mientras su mirada yacía perdida en un punto de la pared situado por encima de la cama del hombre al que le había sido encomendado cuidar.

Dispuso otras siete sobre la mesa y dio inicio a una nueva partida.

Había pensado mucho y detenidamente qué era aquel lugar antes de llegar a una conclusión. La detestaba, pero era la explicación más razonable de cuantas había valorado.

Estaba en lo que, en Occidente, se hacía llamar Infierno.

No había fuego ni olor a azufre por ninguna parte. Tampoco llantos desconsolados, gritos de dolor o súplicas, pidiendo misericordia. Nada de eso. Tan solo una habitación de la que no podía salir, con un hombre enfermo en una cama, unos naipes y una ventana que le mostraba el circuito cerrado de luz y oscuridad, de día y noche en que se hallaba atrapada.

Como una aguja de tocadiscos atascada en los primeros segundos de una canción, repitiendo la misma parte una y otra vez.

Repitiéndolos por toda la eternidad.

-FIN-

 

Gracias por leerlo. Espero que te haya gustado.

Puedes disfrutar de más lecturas gratuitas como ésta en:

https://entrelosescombros.wordpress.com/

 

Gracias a Javier por su visita y por su relato, gracias a vosotros por leer, y ya sabéis, si os ha interesado, dadle al me gusta, comentad, compartid, y haced CLIC!

Hola a todos:

Como ya sabréis, estoy de vuelta en Inglaterra, aunque no sé por cuánto tiempo ya que mi vida es algo cambiante en estos momentos y no puedo hacer planes a muy largo plazo.

Os he dicho unas cuantas veces que las fotos no se me dan muy bien, pero no estoy convencida de que me creáis, así que decidí dejaros unas muestras…

Por lo visto se acerca la Navidad. Estuve en Sheffield el fin de semana pasado y vi un Christmas pudding (un postre tradicional navideño de aquí, que normalmente se sirve con cream, brandy butter, o helado, o todo, y se quema por encima con un chorrito de algo…A mí me parece pesadísimo y no me gusta nada, pero es un tradición que yo intento evitar tanto como puedo) con ruedas y pensé, le haremos una foto.

Christmas pudding on wheels in front of Sheffield's City Hall

Christmas pudding con ruedad delante del City Hall de Sheffield

Por supuesto todo el mundo se estaba paseando por allí (hay mercadillos Navideños, feria, vamos, mucha gente). Decidí esperar un poco, y éste fue el resultado.

No so many people but blurry phot

No hay tanta gente pero me quedó borroso

En el pueblo donde vivo, Penistone, suelen aprovechar por estas fechas para hacer una feria de artesanía en la iglesia de St John, la central del pueblo, que fue construida (al menos partes de ella) en la época de los Normandos (partes son del siglo XI). Penistone aparece en el Domesday Book  (un registro que los invasores Franceses hicieron…ya se sabe, cuestión de impuestos). Yo intento aprovechar la feria cuando puedo para comprar regalos de Navidad un poco más originales.

Hen's Teeth Art Group advert

Poster del grup de artistas Hens Teeth

El grupo de artistas que se promocionan juntos y son de la zona, se hacen llamar Hens Teeth (dientes de gallina. La expresión en inglés se usa para referirse a algo que es muy raro, ya que las gallinas no tienen dientes. Supongo que sería similar a hablar de que a las ranas les salga pelo).

Decidí hacer una foto dentro…y así me quedó.

Inside of St John's Church during the fair

Dentro de St John´s. Otra foto borrosa

Aquí me parece que no llevaba puestas las gafas. Aún y así…

Compré algunas cosas. Por ejemplo:

Hand-knitted angel

Angelito de punto hecho a mano

No es que yo sea muy de Navidades, pero como sabéis estoy escribiendo una serie con ángeles así que…

Ya que estaba allí, aproveché para hacerle una foto al cine, el Penistone Paramount que cumple 100 años este año, y es uno de los amores de mi vida. Le han pintado la fachada para celebrarlo.

The Penistone Paramount. 100 years old. Looking Good!

The Penistone Paramount. 100 años. ¡Se conserva bien!

Este mes os he estado dando la lata hablando de NaNoWriMo (National Novel Writing Month) que es una iniciativa a la que se puede apuntar uno y es como un reto personal a escribir una novela de al menos 50000 palabras en un mes (Noviembre).

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¡Y gané! De hecho, el borrador de mi novela pasa algo de las 60000 palabras y me sobró algo de tiempo.

Me encantaría compartir un poco de la novela, pero era la tercera en mi series Asuntos Angélicos que os he mencionado alguna vez, y me pareció que sería difícil compartir algo que no revelara mucho de la historia en los otros dos libros y que se pudiera entender sin haberlos leído. Así que, en lugar de eso decidí compartir el segundo capítulo del la primera novela en la series Alerta Pink (por si no os acordáis, aquí compartí el primer capítulo):

Capítulo 2. El encuentro (Parte 1)

Yo no era demasiado soñadora o romántica…Vale, por supuesto me gustan las historias románticas y una no puede evitar soñar, pero yo no creía de verdad  que ese tipo de cosas me fueran a pasar a mí nunca. Y por supuesto no  esperaba que el chico perfecto se presentara de improviso, me arrebatara en sus brazos y me llevase al paraíso. (Para empezar estaba bastante convencida de que no tendríamos la misma opinión sobre qué es el paraíso.) Incluso en los cuentos de hadas esas cosas sólo le pasan a las princesas y otras heroínas de ese tipo. Chicas normalitas y corrientes como yo casi nunca eran las protagonistas de ese tipo de historias. Por supuesto el Feminismo y la concienciación social y étnica habían expandido el tema y las historias y cuentos modernos eran un poco más “equitativos” y “justos”. Pero con la mano en el corazón yo seguía prefiriendo los cuentos de hadas de siempre.

Debido a mi realista (más que pesimista) opinión de la vida, yo no esperaba que el perfecto candidato a mi novio de mentirijillas apareciera así sin más. Si ésta fuera una de esas historias, no sólo habría aparecido y sido perfecto, sino que se habría enamorado locamente de mí y al final yo me habría dado cuenta de que la pretensión se había transformado en realidad. Lo sé, habéis leído la historia. Y visto la película. Yo también. Aún y así…

Un chico nuevo llegó a la escuela. No era guapo en el sentido convencional, pero tenía “algo”. Pelo oscuro, ojos grises, alto, rasgos marcados…No el típico chico mono (estilo Zac Effron), pero más uno de esos tipos profundos y torturados, atractivo a lo duro (quizás como el Robert Pattinso, aunque de hecho a mí no me gusta demasiado, pero entiendo porque le gusta a muchas chicas). Y tenía mucho estilo. Chaqueta de cuero, siempre vestido de negro, rodeado de un ligero aire de misterio…incluso de amenaza y riesgo.

Como siempre las chicas populares tomaron la iniciativa e intentaron sonsacarle toda la información posible. Usaron sus técnicas más efectivas, incluyendo parpadeando para mostrar la enorme cantidad de mascara que usaban, desabrochándose  algunos botones de la blusa del uniforme, riéndole todas las gracias (y las sin-gracia)…Pero el parecía resistirse y no consiguieron sacarle ni una sonrisa.

Lorna, Silvia y yo oímos a Chloe (la jefa de las animadoras, ya conocéis el tipo, rubia, alta, ojos azules, atlética y bien proporcionada…) hablando con su mejor amiga Zoe (tipo muy similar pero morena) después de pasar algún tiempo con el chico nuevo:

—¿Qué crees que le pasa? Sólo contesta en monosílabas. Y dice que se llama “G”. ¿”G”? ¿Qué tipo de nombre es “G”?

—No te preocupes…Probablemente es gay.

—Tengo que saberlo. Le diré a Scott que hable con él después del entrenamiento esta tarde. Los tíos a veces pueden ser tímidos con chicas a las que no conocen.

Chloe había salía con Scott desde hacía unos meses, y Zoe estaba saliendo con Chris. Yo dudaba que el tal G fuera tímido. Tenía una mirada muy intensa y una sonrisa traviesa. Silvia dijo:

—Creo que nos está mirando.

Nuestra primera reacción en esos casos era mirar a nuestro alrededor porque  los chicos nunca nos miraban. Pero no había nadie más. Sí, parecía que nos estaba mirando.

—Creo que tienes razón— dijo Lorna.

—Pues no sé por qué— dije yo.

Nos fuimos las tres a la biblioteca a estudiar un rato. Cuando salimos, el entrenamiento de fútbol había terminado. G nos intrigaba, pero ninguna de las chicas populares estaba por allí y parecía poco probable que fuéramos a conseguir información alguna ese día. Yo acompañé a Silvia y Lorna a la parada de autobús y me eché a andar hacia casa. Cuando estaba a medio camino llegó Seth  en su viejo cacharro. Su padre le había prometido que le compraría un coche nuevo si sacaba buenas notas y conseguía que le aceptaran en una buena universidad, así que había estado trabajando duro a comparación con sus estándares habituales.

—¡Eh Pink! ¡Sube! ¡Te llevo a casa!

Me monté a su lado. Llevaba la música a todo volumen pero la bajó cuando me subí.

—¿Cómo fue el entrenamiento?

—Como siempre. Si al entrenador no se le ocurre alguna idea nueva nunca ganaremos a nadie este año.

—Creí que habías dicho que teníais un equipo fuerte.— La verdad es que yo no prestaba mucha atención a su charla sobre fútbol, pero de vez en cuando algo se me quedaba grabado.

—Si, pero no nos irían mal un par de tíos más…quizás un defensa potente…un goleador…

—No es muy probable que consigáis nuevos jugadores con la temporada tan avanzada, ¿no?

—Toni pensó que el tío nuevo éste…se hace llamar G, podría ser un jugador, aunque no parece lo suficientemente fuerte para ser un defensa pero…nunca se sabe qué talentos esconde la gente, pero no. Le dijo al entrenador que no le interesaba el fútbol. Parece que le gusta correr…y, no lo creerás…“la gimnasia de competición”! ¿No te parece la cosa más rara que has oído?

A mí siempre me ha gustado la gimnasia…No practicarla…Por más duro que trabaje no tengo ni estilo ni demasiado sentido del equilibrio, pero me encantaba ver gimnasia. Uno de los pocos deportes que me interesaban.

—¿Qué tiene de  malo la gimnasia? Tienes que estar muy en forma y ser fuerte…

—Ya, pero un poco femenino, ¿no te parece? Scott me estaba diciendo que Chloe había estado intentando hablar con él…“hablar”, ¿sabes? Ya sabes lo que quiero decir…

—Flirtear y enseñarle el sujetador, vamos…

Él se rió e hizo un gesto de garra.

—¡Gggggrrrr! ¡Cómo te pones! Eres demasiado seria. Pero supongo que eso es lo que quiero decir…Y él la ignoró. Bueno, no la ignoró, pero sólo respondió sí o no…Si Chloe no consigue acelerarle tiene que tener algún problema.

—Quizás prefiera otro tipo de chica…

—¿De veras? ¿A qué tío como dios manda no le gusta Chloe? Puede que no te guste como persona, pero está muy buena. ¿Quién crees que podría ser más de su tipo entonces? ¿Quizás tú?— Y se echó a reír. Y siguió riéndose…Mi decisión de mostrarle de qué era capaz aumentó exponencialmente.

Tan pronto como me dejó en casa y llegué a mi habitación me conecté con Lorna y Silvia. Estaban las dos en casa de Lorna. Les dije lo que había descubierto.

—¡De veras, Pink, Seth es un idiota total!— gruñó Lorna—. Quizás lo mejor sería que le enviases a freír churros.

—Ni se enteraría de qué iba el asunto y no me daría ninguna satisfacción. No, estoy aún más decidida que antes a seguir adelante con el plan.

—Se merecería que salieses con el tal G—dijo Silvia.

—Estaba pensando lo mismo, pero no sabemos nada de él. Y no somos las únicas. Parece que nadie sabe nada sobre él, ni siquiera de dónde ha salido. Podría ser un indeseable por lo que sabemos. Y además, dudo que esté interesado.

—Bueno, la poca información que tenemos sobre él tiene buena pinta —Lorna resumió—. No le gusta el fútbol, así que dudo que pase mucho tiempo con Seth y su grupo. Le gusta la gimnasia y a ti también te gusta el mismo deporte, así que tendrías algo de que hablar. Y parece inmune a los encantos de Chloe y su banda de chicas guapas…

—Y no se te vaya a olvidar que nos estaba mirando —dijo Silvia.

—No estoy segura de lo que eso pueda significar. Puede que pensara que somos raras o algo así…Tendremos que esperar a ver lo que pasa durante los próximos días y si hay alguna novedad… —dije yo.

—Sería todo un éxito si consiguieras salir con él…Es completamente nuevo en el mercado y no es de por aquí…un tío tan fresco y objetivo como encontrarás en estos lares —dijo Lorna.

—Ya veremos.

G se convirtió en el centro de atención la semana siguiente, aunque no parecía que el interés fuera recíproco y daba la impresión de que intentaba volverse invisible la mayoría del tiempo. Pero tenía una forma muy extraña de aparecer donde fuera que Lorna, Sylvia y yo estábamos, incluso cuando no le tocaba la misma clase que a nosotras.

—¡Te digo que nos está mirando! —dijo Sylvia por millonésima vez.

—Sí, ¿pero a cuál de nosotras está mirando? —preguntó Lorna.

Yo estaba algo aburrida de repetir la misma conversación al menos una vez al día, cuando no varias veces el mismo día. Esta vez acabábamos de salir de la biblioteca y él estaba en la acera al otro lado de la calle, apoyado en la pared, y parecía estar mirándonos.

—¿Quién sabe? —respondió Sylvia una vez más.

Ya estaba harta. No era tan difícil de saber.

—Si de verdad queréis saberlo, es bastante sencillo. OK, Sylvia, ven conmigo. Lorna, tú quédate ahí.

Agarré a Sylvia del brazo y me la llevé a rastras conmigo hasta el escaparate de la tienda de la esquina. No, G no estaba mirando a Lorna; sus mirada nos siguió a nosotras.

—Ahora, tú quédate ahí.

Dejé a Sylvia en la tienda y yo crucé al otro lado de la calle donde G estaba. Ahora no había duda posible. Por difícil que fuera de creer, me estaba mirando a mí. Sylvia y Lorna se reunieron conmigo, muy excitadas, pero intentado hablar en voz baja (aunque no me pareció que con mucho éxito). Al menos podía estar agradecida porque no se habían puesto a dar saltitos. No éramos unas chicas particularmente saltarinas.

—¡Oh Dios mío! ¡Te está mirando a ti de todas todas! —dijo Sylvia, intentando no echarse a pegar chillidos.

—Sí, sí, lo está. Eso es. ¡Es el tipo para nuestro plan —concluyó Lorna.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Sylvia.

—Lo primero, salir de aquí.

Esta vez fuimos a mi casa y charlamos mucho rato. Sylvia y Lorna sugirieron todo tipo de ideas alocadas planes estrafalarios para llamarle la atención a G. O más bien para “canalizar” su atención, ya que parecía que por algún motivo indeterminado yo ha había captado su atención. Todas sus sugerencias requerían una buena dosis de flirteo y de hacer papeles que no me resultaban muy familiares, como el de la dama en apuros o la fan alocada. No estaba segura de qué estrategia iba a usar, pero sí, parecía valer la pena el intentar conseguir que saliese conmigo. Y yo me sentía bastante curiosa sobre él y su interés en mí. ¿De qué iba todo aquello?

Cómo conseguirlo era otra cuestión. No sé si os habéis dado cuenta, pero los chicos no son mi especialidad. I aunque estaba decidida, trabajos, estudios y cosas urgentes por el estilo lo fue apartando a un lado y lo empujó al fondo de mi cerebro. Continué retrasándolo, intentando encontrar el momento adecuado para actuar, e ignorando los “consejos” de Sylvia y Lorna (para ser sincera, presión).

Un sábado por la mañana, más o menos un mes después de la aparición de G, Lorna, Sylvia y yo habíamos quedado en encontrarnos en Atlantis (una librería independiente). Yo había llegado algo temprano y entré a echarle un vistazo a los libros viejos. Estaba mirando una bella copia ilustrada de El gran Gatsby cuando alguien me tocó el hombro. Me giré, y allí estaba él, G.

—Hola.

—Hola.

Vale, ninguno de los dos íbamos a ganar un concurso a la originalidad o conseguir entrar en un libro que recogiera las más famosas palabras para iniciar una conversación.

—Me estaba preguntando cuándo tendría la oportunidad de pescarte a solas. Parece que siempre estés con tus amigas…Lorna y Sylvia, ¿no?

—Sí. Ya…habíamos notado que nos estabas mirando.

—Quieres decir que te estaba mirando a ti. Una forma interesante de comprobarlo científicamente. Aunque después de aquello supuse que habrías continuado y me habrías venido a hablar, pero no lo  hiciste —dijo él.

—Yo…no sabía qué significaba, pero nos lo estábamos preguntando y yo estaba aburrida de tanto especular…No sospechaba que me estuvieras mirando a mí.

—Pero al menos tenías esa esperanza.

—No.

No digáis que no os había advertido. Ya os he dicho que no se me dan bien los chicos y no podría flirtear ni aunque me fuese la vida en ello, así que…

—Oh, vale.

—No quería decir…Perdona, no se me dan bien estas cosas.

—¿Qué cosas?

—Ya sabes, flirtear y todo eso…Las relaciones con los tíos no son mi punto fuerte.

—Yo no me preocuparía mucho de eso si fuera tú…Volvamos a empezar. Hola Pink, soy G. Supongo que Pink no es tu nombre de verdad. ¿Cómo te llamas en realidad?

—Petra.

—¿De dónde viene el nombre?

—Siempre me ha gustado el rosa, y Pink en particular. Y no me gusta mi nombre de verdad, así que…

—No, me refería a tu nombre de verdad.

—Mi padre era un arqueólogo amateur cuando era joven y le gustaba mucho Petra.

—Supongo que podría haber sido peor.

—¿Cómo qué? ¿Abu Simbel o los jardines colgantes de Babilonia?

Se rio. Una risa corta pero sincera. Y luego sonrió. Tenía la sonrisa más rara y misteriosa que yo hubiese visto nunca, incluyendo a todos (hombres y mujeres). Imaginaos a la Mona Lisa, pero en hombre joven. Astuta, cómplice y misteriosa al mismo tiempo…

—¿Y tú? ¿Qué significa G?

En ese momento llegaron Lorna y Sylvia que se pararon en seco cuando me vieron hablando con G.

—Seguiremos hablando en otro momento. Quizás dentro de un par de días, durante el Día del Lago. Junto a la pequeña iglesia en la orilla norte. Después de comer.

—¿Por qué estás tan seguro de que será dentro de un par de días?

—Sé cosas…

Se fue. El Día del Lago era una tradición de la Escuela St. Mary. La directora, la Sra. Langston, había estudiado en Mount Holyoke College y le encantaba su Día de la Montaña, en particular la idea de que de repente, sin previo aviso, toda la escuela se montaba en los autobuses y se iba de excursión y pasaban el día fuera. Como no había ni montañas ni siquiera colinas que se merecieran el nombre cerca de St Mary, pero tenían el Lago Swallow (Golondrina) en las cercanías, decidió instituir en su lugar el Día del Lago. La fecha exacta cuando tendría lugar era un secreto muy bien guardado, sobre el que se especulaba mucho, así que yo no tenía ni idea de cómo podría haberse enterado G, si tenía razón, de cuándo iba a ser.

Sylvia y Lorna se pararon un buen rato preguntándome sobre mi encuentro con G, pero lo cierto es que no tenía mucho que decirles.

—¿Creéis que de verdad sabe cuándo será el Día del Lago? —preguntó Sylvia.

—Parecía muy seguro, ¿pero cómo lo iba a saber? No lleva aquí ni dos minutos y no conoce a los maestros…al menos que nosotras sepamos. ¿Por qué se lo iban a decir a él?

—Quizás su familia sea muy rica y hayan hecho una donación substancial…—sugirió Lorna.

—Estoy segura de que si alguien hubiese hecho una donación enorme nos habríamos enterado de ello, lo habrían publicado en el periódico local y anunciado por todas partes. Y estoy segura de que cualquier benefactor tendría cosas mucho más importantes que preguntar que cuándo iba a ser el siguiente Día del Lago —dije yo. Teníamos que tener cuidado y no dejarnos llevar por nuestras teorías, si no, G acabaría no siendo solo James Dean sino también Rockefeller. Su referencia a la pequeña iglesia era correcta, pero eso solo significaba que debía haber visitado el lago en algún momento ya que era un lugar bastante popular en esa zona. Eso no tenía nada de misterioso.

Finalmente conseguí que las chicas dejasen de hablar de G y pasásemos a otros temas. Aunque tengo que admitir que me moría de curiosidad por ver si tendría razón y el Día del Lago sería de verdad dentro de dos días. Por supuesto esa no era la única razón por la que me sentía curiosa. También quería ver qué me iba a decir la próxima vez que nos encontráramos. Me había parecido muy decidido, pero no tenía ni idea de sus goles o intenciones.

Si estuviera intentando hacerme pasar por alguien interesante y por encima de esas cosas os diría que un par de días más tarde ya me había olvidado de las predicciones de G y fui a la escuela sin expectativas. Lo cierto es que estaba agitada ese día, y Sylvia y Lorna no habían dejado de hablar de ello en el ínterin. Así que cuando al cabo de cinco minutos de haber empezado nuestra primera clase sonaron las campanas y anunciaron el Día del Lago nos excitamos mucho.

—Pero, ¡él no está aquí! —dijo Sylvia —. Debería haber estado en clase con nosotras peo no ha venido.

—Bueno, supongo que si de verdad sabía que no iba a haber clase debe haber encontrado algo mejor que hacer que venir de excursión —dije, haciendo ver que no me importaba.

—¡Pero había quedado contigo! —dijo Lorna.

—Sobreviviré.

Aún y así, no me pude resistir y dejé a Sylvia y a Lorna después de comer y paseando por la orilla del lago me acerqué a la pequeña iglesia. Y allí estaba él. G iba vestido de negro de cabeza a pies, como siempre, llevaba una chaqueta de piel negra, y estaba de pie al lado de una motocicleta que a mí me parecía muy grande para su edad. ¿Una Triumph? Negra, brillante, impresionante es la descripción que os puedo dar. Las motos son otro de los temas en los que no me especializo.

—¡Guau! ¿Es tuya?

—Sí.

—¡Muy chula! Un  poco Ángeles del Infierno, ¿no?

Su respuesta fue una sonrisa más rara incluso de lo norma. ¿Qué demonios pasaba con él?

—Así que tenía razón. Sobre el Día del Lago, quiero decir. ¿Cómo lo supiste?

—Ya te dije que sé cosas…

—Así que te haces el misterioso…vale. Me preguntaste sobre mi nombre, el otro día, pero nunca me respondiste sobre el tuyo. ¿Qué significa G?

—Nada…Solo…decidí cambiar de estilo de vida y escogí un nuevo nombre. Ahora me llamo G.

—¿Como Ali-G o los hombre G?

—Muy divertido. Ya me lo habían dicho antes.

—Al menos no es el punto G. Y sí, estoy segura de que también te lo habían dicho.

—Podría ser la fuerza G.

—Si…¿pero no es algo religioso, como Malcolm X?

—No. Nada que ver con la religión.

No sabía por qué, pero no le creí, y me pareció que se había puesto muy tenso cuando mencioné la religión, pero probablemente era demasiado pronto para ir de indagación. Era algo raro ya que a los tíos de hoy en día no parecía preocuparles la religión y no era usual que hablar de ella consiguiera ninguna reacción…Quizás tenía algo que ver con su referencia a su antiguo estilo de vida. Quizás había estado en una secta o algo así…O quizás yo debería dejar de inventarme cosas. Estaba siendo discreto y no me había dado mucha información sobre sí mismo, pero eso era justo. Nos conocíamos hacía cinco minutos como quien dice, aunque ahora todos eran amigos de todos y publicaban detalles íntimos de sus vidas sin darle ninguna importancia, así que su actitud era algo anticuada, aunque yo la encontraba vivificante. Cuando la gente anunciaba cada íntimo detalle de sus vidas a los cuatro vientos solo podía significar que no había nada que valiese la pena saber sobre ellos. Aún y así, no pude evitar seguir preguntándole cosas, aunque fueran menos íntimas.

—¿Por qué te vistes siempre de negro?

—Me cansé de ir de blanco.

Esa sonrisa suya de nuevo. Era enigmático. No tenía ni idea de lo que estaba hablando pero sospechaba que no llegaría mucho más lejos con mi tipo de preguntas.

—¿Podemos hablar ya o aún tienes más preguntas que hacerme antes de que podamos continuar? —me preguntó, sonriendo aún.

—Solo una más. ¿Por qué yo? No eres de aquí y supongo que no conoces a nadie del lugar —le miré y negó con la cabeza—, así que, ¿por qué yo? No puede ser mi aspecto, de eso estoy segura. No soy una gran belleza. Del montón. —No era falsa modestia. No soy muy alta, pelo corto castaño y ojos marrones (un poco verdes), rellenita…

—Eso es parte del atractivo —la sonrisa de nuevo.

—Chicas como Chloe han intentado hablar contigo sin conseguir nada, y por lo que me han dicho a los chicos de tu edad les resultan irresistibles.

—Eso es una generalización injusta. No todos tenemos el mismo gusto.

—¿De veras? ¿Entonces eres un raro? ¿Te atraen las personas que no son atractivas?

—Ah no, por ahí no me vas a pillar. No soy tan estúpido como tu amigo Seth. Sé que estás enfadada con él por la manera en que te trata como si le dieras pena, y no estuvieras ni la altura de su zapato. No he dicho que no fueses atractiva. Tú eres la que lo ha dicho.

Había ido demasiado lejos. Tuviese razón o no, esa no era manera de hablar de un amigo mío. ¿Y cómo demonios se atrevía a insinuar que sabía cómo me sentía?

—Escucha, Sr. G o como quiera que te llames, no metas a mis amigos en esto. No sé quién o qué te crees que eres, pero eso no te da derecho a hacer comentarios y criticar a la gente a la que conozco y quiero. Te deseo una vida feliz.

Me di la vuelta y eché a andar tan aprisa como pude de vuelta con el resto del grupo. Esto había sido una equivocación. ¡Salir con él! Ni en mil años.

Debió correr porque estaba de nuevo a mi lado.

—No te enfades. Anda, sé que has estado pensando en vengarte de los comentarios que hace sobre ti saliendo con un candidato apropiado. Y sé que tú y tus amigas habías pensado en mí para el papel.

Debí tener aspecto de asombrada porque añadió:

—No te preocupes. Tus amigas no me lo han dicho y nadie más lo sabe.

—Y si te pregunto cómo lo sabes me vas a decir que sabes cosas…

El asintió y sonrió.

—Te lo tienes muy creído…No me importa ni lo que sabes ni cómo lo sabes. Puedes guardarte todos tus conocimientos y tus secretos para ti solo. La vida es demasiado corta para esto, si quieres mi opinión. Estoy segura de que puedes encontrar otra chica que sea tan poco atractiva como yo para lo que sea que tienes pensado. Buena suerte.

Ningún tío se merecía el tener que soportar todo aquello por él, en mi opinión. Se lo podía meter donde le cupiese. Eché a andar aún más deprisa que antes. Y no tenía la menor intención de pararme o de que me parasen.

Esta vez me siguió motorizado y resbaló en la gravilla hasta pararse a unos pocos metros de mí.

—Me estoy ofreciendo voluntario a hacer el papel con Seth. No tengo ningún problema con ser tu novio oficial. Sé que no quieres una relación de verdad. Eso me va al dedillo. Yo tampoco quiero una. Opino como tú que se invierte demasiado tiempo en relaciones con el sexo opuesto a nuestra edad. Pero también sé que la actitud de Seth te parece enojosa y tienes razón. A un montón de tíos les encantaría ser tu novio si de veras quisieras uno.

—Ahora lisonjas…Aprendemos rápido —le contesté intentando ser irónica.

—Vamos, Pink. No soy de aquí. Como has dicho antes algunas de las chicas a las que se consideran entre las más bellas y deseadas por todos los chicos se han acercado a mí sin éxito. Te llevaría muchos puntos si tú consiguieras lo que a ellas se les ha resistido. Y no te daré mucho trabajo. Haré mi papel a la perfección en público. No tienes que preocuparte.

—¿Por qué insistes tanto? ¿Tú que ganas con todo esto?

—Oh, no te preocupes. No tengo malas intenciones. Ya te dije que no me interesan las relaciones…ningún tipo de relaciones…

Cuando alguien dice que no te preocupes dos veces seguidas, uno debe preocuparse definitivamente. No tenía una respuesta preparada y me lo quedé mirando. No sé qué expresión debía hacer porque se sonrojó y añadió rápidamente:

—Sé que Chloe y Zoe y todas esas chicas se estaban preguntando…Pero están tan convencidas de que son irresistibles…No soy gay. Simplemente tengo otras prioridades ahora mismo. Pero eso quedará entre tú y yo. Todos los demás creerán que estamos liados. Seremos convincentes.

No dije nada. ¿Era gay, era hetero, o simplemente no le interesaba el tema? ¿Me importaba algo todo eso? Sí, tenía razón. Si me presentaba en la escuela colgada de su brazo y era su novia oficial la gente lo notaría y me tomaría más en serio. Y zarandearíamos la opinión de Seth. ¿Pero que quería a cambio? ¿Y por qué se resistía tanto a decírmelo?

—Todo eso está muy bien, y no te preocupes, no estoy interesada en tu orientación sexual. Te la puedes guardar para ti. Tienes razón en mi opinión sobre las relaciones. Pero sigues sin haberme dicho por qué me escogiste a mí de buen principio. Y no me digas que eres un buen Samaritano ayudando a chicas necesitadas. ¿De qué va todo esto?

Me miró con una de sus miradas  penetrantes, esta vez sin sonreír. Después de lo que parecieron horas dijo:

—Creo que podríamos trabajar juntos.

—¿Trabajar? ¿Quieres decir deberes? ¿Un trabajo de clase?

—No exactamente.

Gracias a todos por leer, y si os ha gustado, ya sabéis, dadle al me gusta, comentad, compartid, y…bueno también podéis hacer CLIC si os apetece en los varios link o en los otros sitios en la página, que hay libros, blogs…No os quedéis con las ganas!

Hola a todos:

Los que me seguís ya sabéis que hace poco publiqué un romance que se desarrolla (en parte) durante un concurso de repostería televisivo, I Love Your Cupcakes (Me encantan tus cupcakes).

Como parece que os gustó el capítulo que os dejé de muestra, decidí compartir otro (y os prometo que es el último) donde Dulce y Adelfa, las principales protagonistas de la novela (perdona Storm) conocen al equipo del programa y a los demás concursantes. Hay un poco de todo, como dicen…

I Love Your Cupcakes (Me encantan tus cupcakes) versión española de Olga Núñez Miret. Portada de Lourdes Vidal

I Love Your Cupcakes (Me encantan tus cupcakes) versión española de Olga Núñez Miret. Portada de Lourdes Vidal

Capítulo 6. Preparar pasteles y fauna televisiva. (Ahora)

Las tres semanas pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Dulce y Adelfa le pidieron a sus principales empleadas y amigas, Pixie, Vicky y Tessa si podían llevar la tienda mientras estuviesen fuera. Todas estaban muy excitadas y contentas de poder organizarse entre ellas, con la ayuda de los voluntarios, para mantener el lugar en funcionamiento. Se habían asegurado de no aceptar encargos grandes para la semana en que iban a estar fuera, aunque estaban convencidas de que el equipo que iba a quedarse a cargo era más que competente. Toni decidió tomarse unos cuantos días libres para ayudar a las chicas y ensuciarse más las manos. Dulce y Adelfa hicieron las maletas llevándose su ropa favorita y más cómoda para la cocina, un vestido elegante y accesorios para la gala (por si acaso llegaban a ella) y unos cuantos gadgets y utensilios para que les dieran suerte. Tony y Toni las llevaron al aeropuerto.

—¿Estáis listas, chicas? —preguntó Toni.

—Tan listas como estaremos nunca —respondió Adelfa.

—Lo sabremos con seguridad una vez empecemos. Hemos hecho todo lo que se nos ocurrió y todo lo que nos sugirió la gente para prepararnos. El resto…está en manos de los dioses —dijo Dulce.

—¿Va Storm a reunirse allí con vosotras? —preguntó su padre.

—Se ha ofrecido a aconsejarnos por teléfono y si sobrevivimos los cuatro primeros días se reunirá con nosotras en vivo. También ha estado viendo programas de series pasadas y nos ha enviado diseños, esquemas e ideas. Si conseguimos llegar tan lejos y viene Storm, tendremos con nosotras al mejor artista que hayan visto nunca —dijo Adelfa.

—Eso es cierto. Ese chico es tan raro como talentoso —dijo Tony.

—Papá, ya no es ningún chico. Y nosotros tampoco somos ya chicas— se quejó Dulce.

—Creí que te ibas a quejar porque le había llamado “raro”.

—No, es raro, pero le queremos de todas formas —concluyó Dulce.

—O quizás le queremos precisamente por ser tan raro —añadió Adelfa.

Todos se rieron. Llegaron al aeropuerto, cogieron las maletas, Toni les aseguró que se cuidaría de la tienda, se despidieron y así iniciaron la mayor aventura de sus vidas.

Durante el vuelo intentaron concentrarse en disfrutar el entretenimiento a bordo en lugar de pensar en lo que se esperaba de ellas. Una vez llegaron a Los Angeles todo fue de lo más excitante. Soleado, ruidoso y….

—Esto es realmente… —empezó a decir Dulce.

—¿Artificial? ¿Falso? ?De imitación? —sugirió Adelfa.

—Rubios, bronceados, bellos con una idea de campaña publicitaria de la belleza. ¡Oh Dios mío, vamos a llamar la atención como cardos borriqueros en un rosal!

—¡Ahí está! Han enviado un coche a recogernos.

Adelfa había visto a una mujer sujetando una cartulina con sus nombres y se dirigieron hacia ella.

—Somos nosotras. Yo soy Adelfa y ésta es mi asociada Dulcinea, Dulce para abreviar.

—Es un placer conoceros. Soy Danielle, Dannie. Hago un poco de todo, lo que sea preciso. Suministros, coordinación, cubro a quién sea que no esté, corre ve y dile…

—Chófer… —añadió Dulce.

Dannie asintió.

—Vámonos. Os dejaré en el hotel. No está muy lejos del estudio pero enviaremos a alguien a recogeros mañana. No habrá un programa en directo, solo os daremos tiempo para que os acostumbréis a los hornos, para poder discutir los detalles, filmar algo como presentación, y daros tiempo para que conozcáis a todo el mundo. Y una cena de bienvenida. Pero esta noche os dejamos que descanséis un poco.

—Eso suena bien —contestó Adelfa.

En el coche Dannie hizo de guía turístico ocasional. Les señaló una variedad de lugares de visita y casas de los ricos y famosos.

—Si todavía seguís aquí el jueves, ya que ese día no hay programas, a veces los concursantes deciden hacer un tour de verdad. Es divertido y una buena manera de relajarse cuando falta poco para alcanzar la meta.

—Suena bien. Si llegamos tan lejos —dijo Adelfa.

—¿Cómo es el resto del equipo? —preguntó Dulce —. Hasta ahora solo hemos hablado con Harry Heston.

—¿Harry el Sucio? —preguntó Dannie. —Es bastante único, no el típico miembro del equipo.

—¿Harry el Sucio? ¿Es un aficionado a Clint Eastwood?—preguntó Adelfa.

Dannie respiró a fondo antes de responder.

—Esa no es la razón de su apodo. Hemos llegado al hotel. Aquí estamos.

Dannie las ayudó con el equipaje y les dijo que el coche estaría allí a las 9:30 de la mañana. Una vez subieron a su habitación y deshicieron las maletas Dulce y Adelfa decidieron ir a pasear y explorar los alrededores. Era un suburbio anónimo aunque después de preguntarles a un par de personas consiguieron que les dieran instrucciones y cogieron un autobús que las llevó a la playa. Una vez allí se pasearon y observaron a la gente en patines, tomando el sol, jugando al voleibol de playa…

—Es como en las películas —dijo Dulce, intentando no ser demasiado descarada contemplando los fabulosos cuerpos que las rodeaban. Adelfa, por otro lado, no estaba siendo demasiado discreta. —Estás mirando a esos tíos como si “ellos” fueran cupcakes.

Adelfa sonrió, desviando la mirada unos segundos para contestar a Dulce.

—Bueno, están para comérselos. Y evidentemente vienen aquí para exhibirse. No hacen tanto ejercicio dándole a las pesas para esconder los músculos en casita. Considéralo el equivalente de ir de escaparates. No tengo la más mínima intención de comprar pero en cuanto a mirar… ¡Date un atracón con la vista! No tenemos muchas ocasiones como ésta.

—Probablemente tienes razón.

Después de pasarse un buen rato contemplando a gente (la mayoría del rato a hombres, aunque algunas de las mujeres estaban tan interesantemente desvestidas que no podían evitar mirarlas), se sentaron con un helado cada una. Adelfa estaba muy pensativa, lamiendo su helado muy lentamente y finalmente preguntó:

—¿A qué crees que se refiere eso de Harry el Sucio?

—Probablemente algún tipo de broma de ellos. Quizás si conseguimos quedarnos el tiempo suficiente nos enteraremos.

Dulce no tenía la menor idea de la razón que tenía. O de lo mucho que se acordaría y se arrepentiría de sus palabras.

Esperaron hasta el anochecer y entonces volvieron al hotel, parándose por el camino para comprar fruta y agua. Después de ver algo de televisión se fueron a la cama, a esperar el primer día de su experiencia televisiva.

No durmieron mucho y se levantaron temprano para asegurarse de que estarían listas con tiempo de sobras cuando llegara el coche. No querían llegar tarde el primer día y dejar una mala impresión. El coche las dejó en el estudio de televisión y Dannie ya las estaba esperando a la puerta.

—Entrad y sentaos en recepción. Cuando estéis todos aquí iremos al estudio para conocer a los demás.

—¿Somos las primeras?

—No del todo. Ya ha llegado algunos concursantes. Id a presentaros.

Había cuatro personas sentadas en el área de recepción. Dos chicas rubias, típicamente Californianas, que inmediatamente saltaron de sus asientos y les dijeron que estaban muy excitadas, y se pasaron el rato riéndose y haciendo mucho ruido (y aunque se llamaban Denise y Diane, Adelfa las bautizó inmediatamente Barbie y Cindy, con motivo) y un hombre de unos cincuenta años y otro de unos treinta, padre e hijo, Andrew y Andy. Los dos eran ingenieros, aunque Andrew había trabajado casi toda la vida en campos petrolíferos y Andy se dedicaba a los transportes.

—Mi padre también es ingeniero —dijo Dulce.

—¿Cómo se llama?

—Oh, Tony. Anthony Baxter.

—Creo que trabajó en un puente que formaba parte de la línea ferroviaria en la que he estado trabajando hace poco. En Nebraska —dijo Andy.

—Me parece que tienes razón, aunque fue hace bastantes años —respondió Dulce.

—Un muy buen trabajo.

—¿Sois muy aficionados a la cocina? —le preguntó Adelfa, intentando pillarle la medida a la competencia. Ya había desestimado a las dos chicas, que solo parecían estar interesadas en cómo quedarían delante de la cámara.

Andrew agitó la cabeza de lado a lado.

—Siempre me ha interesado y me he dedicado a cocinar en mi tiempo libre, aunque a Andy se le da mucho mejor que a mí. Por desgracia no he tenido mucho tiempo para mejorar mis habilidades y Andy… desde que su mujer tuvo el bebé, ha estado muy ocupado con otras cosas —dijo, alborotándole el pelo a su hijo afectuosamente.

Andy le sonrió a su padre.

—Sí, muy ocupado —sacó el móvil del bolsillo y les mostró una foto de un bebé. Una niña —. Lily. Tiene casi tres meses.

—¡Es preciosa! —dijo Dulce.

Andy sonrió orgulloso.

—¿Tenéis un nombre para vuestro equipo? —les preguntó Andrew.

—Oh, tenemos una tienda. ˈCupcakes y Pasteles, Literalmenteˈ, así que usaremos el mismo nombre —dijo Adelfa.

—¿Cupcakes Literalmente? —preguntó Dulce frunciendo las cejas.

Adelfa la ignoró y los dos hombres las miraron con expresión sorprendida.

—Llevamos mucho tiempo manteniendo una discusión semántica sobre el nombre de la tienda. Yo prefiero ˈliteralmenteˈ pero Adelfa prefiere ˈliterariosˈ ya que le encantan los libros —explicó Adelfa.

—Y la tienda es mucho más que una tienda de pasteles y cupcakes. Tenemos libros usados e intercambiamos los libros que nos traen los clientes, gratis. Y traemos a escritores y a otra gente como invitados y vienen a dar charlas, tenemos lecturas de libros para niños, y montamos exhibiciones, y workshops, y cursos de cocina y de decorar pasteles… —explicó Dulce.

—Suena maravilloso —dijo Andy.

—Deberíais verlo. Déjame… —Dulce sacó su teléfono y les mostró algunas fotos. Ellos exclamaron en los sitios apropiados. Denise y Diane también se unieron a ellos.

—¡Anda, un edificio de bomberos! ¡Qué divertido! ¿Tenéis algún bombero? —preguntó Diane (o Denise, Dulce no estaba segura).

—Por desgracia no venían incluidos con el edificio pero estoy segura de que podríamos hacer algo al respecto si vinieseis de visita —contestó Adelfa. Dulce le dio un codazo en las costillas pero ella se limitó a sonreírle, tan dulcemente como pudo.

—¡Fabuloso! Nosotras todavía no tenemos una tienda, pero ya tenemos nombre. ˈCupcakes Un trocito de cieloˈ. Denise quería llamarla ˈD-liciasˈ. Ya sabéis, D de la letra D, ya que las dos somos Ds, Diane y Denise, pero me pareció que la gente igual creía que estábamos hablando de algo picante, tamaño de copa y eso… Y no estaría bien confundir a la gente, especialmente porque hasta que no nos operemos… Vamos, que no somos tamaño D en realidad…

A Andrew y Andy se les subieron todos los colores del arco-iris durante la explicación de Diane, pero Dulce y Adelfa se rieron.

—Creo que ˈUn trocito de cieloˈ es un gran nombre —dijo Dulce.

—Nuestra tienda se llama ˈDejadles que coman cupcakesˈ. Ya sabéis, María Antonieta y los pasteles. También tenemos un negocio virtual, ˈLady Cupcakes y Lenceríaˈ que nos va muy bien. —Una mujer alta, de pelo largo y oscuro, unas gafas de sol doradas enormes, zapatos increíblemente puntiagudos con los tacones más altos que Dulce había visto nunca, la falda más corta y uno de los tops más reveladores que se habría atrevido a imaginar acababa de entrar en la sala y se apuntó a la conversación. Una versión más bajita, menuda, con mechas rojas, pero vestida con una falda de similar medida y top escotado entró detrás de ella. Se presentaron: Pam y Chloe.

—Bueno, ya hay otra pelirroja en la competición. No te sentirás tan sola —susurró Adelfa.

—No es pelirroja de verdad —contestó Dulce, también en susurros.

—Creo que ya lo he notado… especialmente ahora que se ha sentado —bromeó Adelfa, mirando la falda de Chloe.

—Tú… —Dulce le golpeó el brazo en broma.

—¿Así que vosotras vendéis lencería y pasteles? —Andrew les preguntó a las recién llegadas. A Dulce le preocupaba que se le fueran a salir los ojos de las órbitas. Andy había agarrado a su padre del brazo, probablemente intentando que no se pusiera en ridículo.

—Creamos sets de regalo, unas cajas muy elegantes, con piezas de lencería y cupcakes. Nuestra idea es que la mujer se come los cupcakes… —dijo Pam.

—Y el hombre se come… —añadió Chloe.

—Creo que nos lo podemos imaginar —la interrumpió Adelfa. Chloe la miró con una expresión no demasiado amable.

—Quizás sería mejor no crearnos enemigos desde buen principio si lo podemos evitar —le dijo Dulce a su amiga muy flojito.

Adelfa la miró  y asintió. Sacó el teléfono y Dulce recibió un texto unos segundos después. Esperó un momento antes de leerlo.

“Me pregunto si el ser tan fogosas las hará expertas en el uso del horno. ;)”

Mientras todos estaban distraídos con el espectáculo de Pam y Chloe, dos tipos entraron en la sala de recepción. Dulce casi se cayó al suelo cuando uno de ellos se sentó de repente en el sofá al lado del suyo. Los dos iban vestidos estilo combate, eran altos, fuertes y musculosos, uno de ellos Afro-Americano que llevaba un corte de pelo estilo mohicano y el otro iba pelado al cero y tenía unos ojos azules muy penetrantes.

—Somos ˈGuerrilla Cupcakesˈ. Éste es Custer y yo me llamo West —dijo el Afro-Americano del dúo, sin quitarle los ojos de encima a Adelfa.

Todos dijeron hola y se presentaron. Dulce aprovechó la conversación para decirle a Adelfa:

—Me parece que tienes un admirador.

Ella se encogió de hombros.

—Me preocupa más su habilidad como pasteleros. La estrategia y organización militares pueden serles útiles en algunos de los episodios.

—Eso es cierto, pero no creo que sean muy delicados y habilidosos para cosas como decoraciones, aunque quizás deberíamos reservarnos la opinión hasta que veamos de qué son capaces.

Dos mujeres de edad parecida a la suya, treinta y pocos años, entraron en la sala. Las dos tenían pelo castaño, altura media, una un poco más rellenita que la otra, las dos con vestidos floreados sencillos y sin maquillaje. Sonrieron tímidamente y esperaron hasta que el ruido disminuyó para hablar.

—Me llamo Candy y ésta es Trisha. Tenemos una tienda que se llama ˈSimples cupcakes y postresˈ. Nos gusta usar ingredientes orgánicos, evitamos los colorantes y las sustancias químicas innecesarias y también nos especializamos en productos para gente con alergias e intolerancias alimentarias.

Hubo otra ronda de presentaciones. A Dulce le dio la impresión de que el equipo Simples podría resultar una competición bastante dura.

Los dos últimos concursantes en llegar fueron un chico joven (trece años), que se llamaba Peter Parker (“como Spiderman”, les informó enseguida) y su abuela Lucy, que llevaba la permanente, tenía el pelo gris, y parecía haber hecho un gran esfuerzo por presentarse como una indefensa viejecita, a pesar de no ser tan mayor. Aunque el chico quería que su equipo se llamase ˈPasteles de los superhéroesˈ, pronto se convirtió en ˈPete y su abuelaˈ.

Como todos habían llegado ya, Dannie vino a recogerlos y les mostró el estudio donde iban a grabar el programa.

—A mí no me parece que esa abuela sea tan vieja y esté tan despistada como nos quiere hacer pensar — Adelfa le susurró a Dulce al oído.

—Yo estaba pensando exactamente lo mismo —.  Dulce se giró hacia Andy que estaba detrás de ellas y le preguntó:

—No nos dijiste el nombre de vuestro equipo.

—Lo discutimos mucho. Finalmente decidimos quedarnos con ˈEquipo de reposteros móviles y de apañosˈ por lo de la ingeniería.

—Me gusta —dijo Adelfa.

El estudio no era exactamente como se lo habían imaginado. Lo habían visto en la televisión pero parecía muy diferente en vivo. Había cables, cámaras, luces y lo que tenía aspecto de ser una cabina separada, probablemente desde donde lo controlaban todo, pero también tenía el aspecto de una cocina gigante, con varios hornos, neveras, encimeras y espacio para preparar la comida, fregaderos, cajones, utensilios …

—¡Anda! No sé qué me esperaba, pero es enorme e impresionante —dijo Adelfa.

—Aquí llega Harry —les advirtió Dannie, y Dulce no pudo evitar pensar en el Jack Nicholson con cara de loco de ˈEl resplandorˈ liándose a hachazos con una puerta y diciendo: ¡Aquí llega Johnny!

Todos se giraron y vieron a un hombre que se acercaba a toda velocidad. Tenía cuarenta años largos, algo de tripa, se estaba quedando calvo, y tenía unas facciones muy dibujadas, con la barbilla cuadrada y prominente y la nariz grande y recta. Sus ojos eran grandes, y de un verde intenso.

—Hola. Me llamo Harry Heston. Es un gran placer conoceros a todos. Tendremos tiempo de ir conociéndonos un poco mejor durante los próximos días. Solo quería que vinierais, que os conocierais todos entre vosotros y al equipo del programa, que cocinarais algo para acostumbraros a las cocinas y luego saldremos a cenar esta noche para relajarnos todo un poco antes de que empiece el circo mañana. Tú debes ser…

Empezó a decir nombres, a dar la mano a la gente, a sonreír, asentir, gesticular y poner cara de interés. Les presentó a los cuatro cámaras principales, Joe, Preston, Stan y Chris, que se limitaron a saludar con la cabeza desde sus cámaras, a una mujer que se llamaba ˈMinnieˈ que llevaba un traje gris, gafas, y se agarraba a su iPad como si la vida le fuera en ello. Ella se encargaba de coordinar dónde tenía que estar todo el mundo y lo que tenían que hacer en cada momento.

—Me dirigiré a vosotros por el nombre de vuestros equipos. Tengo muy mala memoria, bueno, en realidad tengo demasiadas cosas en las que pensar así que me concentro  en los asunto fundamentales para el programa. Y prefiero no encariñarme demasiado con ninguno de los concursantes. Si no, se te rompe el corazón cuando la gente se tiene que ir.

Adelfa y Dulce se miraron y se encogieron de hombros. Pues bueno.

Dannie les mostró otras cosas importantes como los cuartos de baño, la cantina, una tienda pequeña de chucherías y bebidas, los vestuarios, la sala de maquillaje…

—Hay mucha más gente que participa en el programa, pero la mayoría vienen y van y no son parte permanente del equipo, así que les conoceréis cuando aparezcan. Si necesitáis algo siempre me podéis preguntar a mí. O a Harry. Y recordad, hoy estáis aquí para pasarlo bien. No os preocupéis de nada. Esto no es la competición todavía. ¡A divertirse!

Dulce y Adelfa fueron al cuarto de baño y aprovecharon para intercambiar opiniones.

—¿Qué te han parecido? — preguntó Dulce. A Adelfa siempre se le había dado bien resumir y dar instrucciones concisas.

—No creo que Barbie y Cindy o los dos Andrews sean una competencia demasiado dura. Los dos militares podrían ser la carta sorpresa. No tengo ni idea. Las dos tías llamativas… Puede que me equivoque pero creo que son lo que parecen. La abuela esa me ha puesto la mosca detrás de la oreja.

—Sé lo que quieres decir. A mí también. Me gustan las chicas de ˈSimples pastelesˈ. Nosotras preparamos algunos pasteles para gente con alergias e intolerancias pero me gustaría aprender sus trucos. Serían un buen equipo con el que hacer amistad, al menos después de la competición —dijo Dulce.

—Las buenas mentes piensan igual. Sí, podrían resultar muy valiosas.

—Vamos a jugar —dijo Dulce.

Y eso fue lo que hicieron. Durante unas horas se dedicaron a probar los hornos, implementos, comprobar los ingredientes y en general divertirse y acostumbrarse al equipamiento. También vigilaron de cerca a la competencia, aunque sabían de sobras que lo que vieran ese día podía tener muy poca relación con sus actuaciones cuando aquello fuera en serio.

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Y para demostraros que lo de las imágenes no es precisamente lo mío, y por si os lo habéis perdido, os dejo el vídeo que creé sobre la novela:

http://youtu.be/rmiXlVyuywQ

El libro, si os interesa, está a la venta en muchas partes. Aquí os dejo unos cuantos enlaces:

Amazon:

http://bit.ly/1sDPZJS

Kobo:

http://store.kobobooks.com/en-US/ebook/i-love-your-cupcakes-me-encantan-tus-cupcakes

Nook (Barnes and Noble):

http://www.barnesandnoble.com/w/i-love-your-cupcakes-olga-n-ez-miret/1120420461?ean=2940046300185&itm=1&usri=2940046300185

Apple:

https://itunes.apple.com/us/book/id923681636

Por si os ha entrado sed con tanto pastel, comparto algo muy especial que encontré en Florencia:

Donna Olga wine. And there were three different types!

Vino Donna Olga. Y tenían de tres clases!

¡Gracias a todos por leer, y ya sabéis, dadle al me gusta, comentad, compartid, y haced CLIC!

Ah, y por cierto, ando a la busca de blogs de cocina (repostería en particular), libros sobre el tema, y páginas, así que si tenéis vuestras favoritas, echadme una mano. ¡Gracias!

Hola a todos:

No sé si recordaréis que hace unos meses pedí consejo en el blog sobre una novela romántica que estaba planeando, pidiendo sugerencias sobre títulos, nombres, recetas… Vamos, de todo. Y hace unas semanas como parte de un blog hop sobre los personajes de las  novelas que estábamos escribiendo mencioné a los principales protagonistas de la mía.  Pues bueno I Love Your Cupcakes (Me encantan tus cupcakes) está acabada en borrador, y ando corrigiéndola, poniéndola guapa, y haciendo todas esas cosas que se hacen antes de lanzar nuestras creaciones al mundo.

Pero como hace tiempo que vengo hablando de ella, me pareció que podría compartir al menos el principio con vosotros, para que no os quejéis de que no os tengo al tanto. Y la probable portada.

I Love Your Cupcakes (Me encantan tus cupcakes) de Olga Núñez Miret. Portada de Lourdes Vidal

I Love Your Cupcakes (Me encantan tus cupcakes) de Olga Núñez Miret. Portada de Lourdes Vidal

Prólogo. Ahora

 

—¡Cámara, acción!

Dulcinea (Dulce para sus amigos) se quedó paralizada. Veía hablar al productor pero su mente iba a mil por hora y no procesaba nada. “¡Dios mío! ¿Cómo me he metido en este lío? ¿Por qué me he dejado convencer?” se preguntó. El codazo de Adelfa la despertó:

—¡Vamos! ¡Solo tenemos 45 minutos para crear la Madre de todos los Cupcakes.

—Pues si eso es lo que tenemos que hacer, ¡a la carga!

 

Capítulo 1. Inicios (Hace tres años)

A Dulcinea le encantaba su nombre. Siempre le había parecido que le sentaba como un guante. Tanto era así, que si la hubieran llamado de otra manera estaba convencida de que se habría cambiado el nombre a Dulcinea. OK, no era el nombre más típico para una chica norteamericana, pero su madre, Carmen, era española, y siempre había opinado que la dama/amor imaginario de Don Quijote se merecía una segunda oportunidad y un papel más importante que el que le había tocado. También le encantaba el hecho de que el diminutivo era Dulce. Y si había algo que le gustaba a su madre eran las cosas dulces. Carmen era la mejor pastelera amateur de entre las madres de todas sus amigas y dudaba que hubiera muchos profesionales de la repostería y los postres que pudieran competir con ella. Su talento culinario alcanzó tal popularidad que mucha gente le pedía que les diera recetas o les enseñara cómo preparar pasteles hasta el punto que decidió hacer un cursillo de cocina y postres en el instituto local de enseñanza para adultos y siguió con él hasta su fallecimiento. Era de justicia y totalmente apropiado que su hija fuera Dulce.

—¿Qué me dices entonces? Llevas demasiado tiempo luchando contra tu destino. ¿Cuántas carreras y trabajos distintos has probado? —le preguntó Adelfa su mejor amiga, que aunque siempre apoyaba sus ideas, desde luego no se mordía la lengua en cuanto a expresar su opinión —. Déjame contar…

—¿…las maneras? —bromeó Dulce.

—No te pongas Shakesperiana conmigo.

—Es Elizabeth Browning, no Shakespeare.

—¿Ves como llevo razón? Sé que adoras los libros pero…si al menos pudieras hacer algo útil con ello quizás, pero así…Vale, volvamos a lo que estábamos hablando antes de la interrupción literaria. Peluquería…— Adelfa contó uno con los dedos.

Ahora, si esto fuera una película, vendría un montaje de unos cuantos cortes de pelo con poca gracia y nada chic, una permanente quemada hasta el punto de que se cayeran mechones de pelo, aunque el mayor desastre de Dulce siempre fue el tinte y el color. Una paleta de colores naranja brillantes e inesperados, verdes fosforescentes, e incluso efectos tricolor habían salido de sus manos y sellado su salida de la escuela de peluquería por la puerta de atrás.

—Azafata… —Dos.

La película mostraría ahora como a Dulce se le caían las bolsas de equipaje al intentar colocarlas en el compartimento superior, como le aplastaba el pie con el carrito de la comida a un pasajero, le echaba el café por encima a otro, y como se caía sentada encima de varios pasajeros y pasajeras. Nunca se le había dado bien llevar tacones y al final decidió que viajar constantemente tampoco era lo suyo. Por lo menos no le vomitó encima a nadie.

—Horticultura y jardinería ornamental… —Tres.

Esto podría ponerse feo, especialmente si os gustan las flores y las plantas. Nadie podía acusar a Dulce de tener la mano partida para la jardinería. Aparte de composiciones rocosas sin plantas, nada había sobrevivido a sus experimentos como jardinera. Y sus diseños de jardines parecían algo salido de El Bosco. Adelfa solía bromear y decirle que tendría éxito si se especializase en jardines para Goths. Aunque que ella supiera a los Goths no les iba demasiado el aire libre ni los jardines.

—Empresariales… —Cuatro.

De hecho, los estudios le fueron bien. Aunque Dulce prefería la ficción y la literatura no le disgustaban los números y el estudiar en general. Así que la parte teórica no le había ido mal. Una vez llegó el momento de aplicarlo a situaciones de la vida real, ella era demasiado amable y bien educada y no se arriesgaba lo suficiente, no le gustaba la competición salvaje y no era agresiva así que jamás tuvo éxito. Aunque se planteó dedicarse a la enseñanza, los profesores con más carisma eran los que tenían muchas anécdotas personales que contar, especialmente sobres sus éxitos y los fracasos de los demás. Y ella quería hacer algo que requiriera ponerse con las manos en la masa.

—Fotografía… —Cinco.

Dime, ¿no creéis que hoy en día con las cámaras digitales es totalmente imposible hacer una mala foto? Pues bien, si conocierais a Dulce sabrías que estáis equivocados. Mala iluminación, ángulos imposiblemente antiartísticos, partes del cuerpo en lugar del todo. Ni siquiera una top model quedaría bien en sus manos.

—Cuidar de niños…

—Vale, vale. Si estás intentando que me sienta mejor, estás haciendo un trabajo estupendo. Y no le pasó nada malo a ninguno de los bebés. Solo que no estoy hecha para ello. No todo el mundo tiene tanta suerte como tú, Adelfa. Siempre te ha gustado mezclar cosas y analizarlas. Has nacido para ser química y lo has sabido de siempre.

A Adelfa se le había dado bien la química desde muy joven y siempre había impresionado, primero a los maestros y luego a los profesores de universidad, con su talento. Cuando se graduó varias de las más grandes compañías farmacéuticas se la disputaron, aunque ella escogió enseñar en la universidad local y dedicarse a su propia investigación. Pero su éxito profesional no parecía bastarle. Y a pesar de su aspecto (hermoso color café con leche, boca hecha para besarla, curvas en los lugares adecuados y un trasero que hasta Beyoncé estaría orgullosa de lucir) volvía a estar de duelo por otra relación amorosa fallida.

—Sí, pero aún no he encontrado una fórmula que si se la damos a los hombres haga que los idiotas y los perdedores se vuelvan fluorescentes.

Dulce no pudo evitar imaginarse los resultados de tal preparado. ¡Valdría millones!

—Quizás te haría falta estudiar magia en lugar de química para eso. Aunque mi experiencia en el tema es muy limitada diría que la ciencia y los mejores cerebros han fallado miserablemente al intentar encontrar la fórmula para la relación perfecta.

—Probablemente no es culpa de los tíos. Soy yo. Parece que tengo un talento especial echar a perder incluso al mejor tío.

Dulce odiaba ver así a su amiga. Primero porque no tenía razón. Segundo, porque era su amiga y la apoyaría en lo que fuera. Y tercero, porque su último novio, Melvin, no era el mejor tío ni con diferencia. Desde luego los había tenido peores, pero Melvin era uno de esos tipos que se creen que coleccionar mujeres es un hobby de categoría y que cuanto mejores sean las mujeres, más valor tienen para él. Les iba a la zaga, usaba todos los trucos románticos a su alcance, y entonces, una vez las tenía aseguradas, se iba a por otra, a por el siguiente reto, la siguiente joya en la colección.

—Estoy segura de que si quisieras podrías echar a perder a alguien, pero no, no es culpa tuya. Tienes razón; era un idiota y un perdedor. Y vale, también tienes razón sobre mí. Nada de lo que he hecho hasta ahora ha funcionado. Y sí, es cierto, se me da bien la repostería, pero ¿cómo voy a vivir de eso?

El talento repostero de Dulce había sido objeto de muchas conversaciones entre las dos amigas a través de los años, pero últimamente Adelfa le había estado dando la lata a Dulce más de lo habitual con ello.

—¿Por qué no preparamos algún pastel y luego hablamos? Una de las recetas de tu madre. ¿Por qué no aquel pastel que llevaba chocolate, almendras tostadas, huevo, mantequilla, leche, harina y levadura?

—¿Reina de Saba? ¿Pero tendremos todos los ingredientes a mano? —preguntó Dulce.

Adelfa se echó a reír mientras cogía las llaves del coche.

—¡Vamos a comprar! ¡Y necesitaremos unas cuantas cosas más!

—Helado, crema…

—Y también algunos snack salados, para equilibrar la dieta un poco. Al menos el gilipollas me dejó antes de que nos fuéramos a vivir juntos y no tendré que perder el tiempo trasladando trastos. ¡Deprisa! ¡No gastemos ningún tiempo de cocinar!

Una vez de vuelta en su apartamento (de hecho el piso bajo de una casa convertida en un par de apartamentos, con la ventaja de que ellas tenían el patio y un viejo pero aún energético limonero todo para ellas) vaciaron las bolsas de la compra, se pusieron los delantales y se echaron manos a la obra. Adelfa también había comprado una buena reserva de bebidas y se sirvió un vaso de vino tinto y una limonada para Dulce.

—Un día de estos tendremos que conseguir que bebas alcohol. Esta postura anti-alcohólica es demasiado remilgada y aburrida.

—Conoces perfectamente bien mi opinión sobre la bebida, Adelfa. No es nada religioso, ni siquiera moral, aunque no es que pueda decir que me guste lo que le puede hacer a la gente. Es…

—Cuestión de sabor. Ya lo sé, ya lo sé.

—No me importa usarlo para cocinar. De hecho debo admitir que ayuda con algunas recetas. Mucho.

—Ya sabes lo que pienso sobre eso. Como dice el dicho: Me gusta cocinar con vino. ¡A veces hasta lo pongo en la comida!

Dulce se encogió de hombros y las dos se rieron y se dedicaron a cocinar. Las dos amigas pelaron las almendras, mezclaron la mantequilla y el azúcar, trituraron las almendras en trocitos pequeños, separaron las yemas de las claras del huevo, derritieron el chocolate con un poco de leche y añadieron todos los ingredientes (y la harina y la levadura). Vertieron la mezcla en un molde, la metieron en el horno caliente y salieron al patio después de haber lavado los cacharros, a esperar a que el horno obrara su magia. Hacía poco que se habían comprado una silla/columpio doble y las dos se sentaron de un salto, meciéndose hacia atrás y hacia adelante lentamente.

—¿Alguna idea? ¿Cómo podemos convertir mi talento para la repostería en un negocio? Bueno, debería decir “nuestro” talento para la repostería, ya que tú eres la que siempre consigue descubrir la perfecta combinación y la cantidad de ingredientes que asegura que los pasteles o las masas hagan lo que se supone que deben hacer —dijo Dulce.

—De acuerdo, tú eres la Diosa de los Sabores y yo la Reina de la Química y de calcular las cantidades y la temperatura del horno. No estaba pensando en dejar mi trabajo, especialmente la investigación, aunque siempre podría trabajar menos horas, pero podríamos experimentar después de mi trabajo y yo podría dejar preparadas instrucciones precisas para que las puedan seguir otros miembros del personal que nos ayudarían con la repostería —dijo Adelfa.

—¿Personal? ¡Dios mío! Si tú vas a crear una metodología y recetas detalladas, quizás yo podría escribir un libro de cocina. O un libro de repostería y dulces. Siempre son populares y me encantan los libros, aunque nunca he escrito nada largo. Bueno, supongo que escribir un libro de recetas no es lo mismo que escribir otro tipo de libros.

Adelfa se estaba mordiendo el labio inferior, un hábito que tenía desde pequeña y al que volvía cuando se ponía a pensar, especialmente cuando estaba sola.

“Un libro de cocina. No es mala idea, pero como plan de negocios…Por lo que he observado, los libros de ese tipo que se venden bien suelen o haber sido escritos por famosos, por chefs conocidos (por ejemplo porque tienen un programa de televisión), o libros asociados con un restaurante o un local famoso. Creo que tendríamos que tenerlo en cuenta para cuando nuestra pastelería/cafetería se convierta en un éxito. Entonces podemos expandirnos y producir todo tipo de productos de mercado, no solo libros, sino quizás también nuestra propia marca de utensilios de cocina, podríamos asociarnos con algún distribuidor de harina y esencias pasteleras orgánicas y prestarles nuestra marca, delantales, libros de cocina para niños, videos, programas de televisión…

Dulce se sintió como solía cuando le entraba el pánico. Tuvo una sensación vívida de que las pecas le crecían y ocupaban toda su cara, su ojos verdes estaban a punto de salir proyectados de las órbitas y su pelo pelirrojo (o rubio caoba como insistía Adelfa) se ponía de punta. Sorprendentemente, cuando en ocasiones como ésta había conseguido verse en un espejo, solo tenía pinta de asustada y estaba pálida, aunque no acababa de creerse que el espejo no estuviese gastándole una broma. Ella sabía lo que sentía.

—¡Respira Adelfa! ¡Respira! Quizás deberíamos empezar por el principio. ¿Estamos hablando de una pastelería, o una cafetería o…?

—¿Y por qué no una mezcla de las dos?

Sí, ¿y por qué no?

 

Gracias por leer, y si os ha interesado, ya sabéis, dadle al me gusta, comentad y compartid. Y os mantendré informados del lanzamiento oficial. 

Hoy he publicado un post en inglés con un par de reseñas de libros, pero ando rezagado con mis lecturas en español así que decidí compartir una historia que escribí hace mucho, y que creo que os traerá recuerdos (a algunos. Los más jovenes igual ni sabéis de qué estoy hablando).

Espero que os guste.

Girl with magnifying glass Image courtesy of Naypong / FreeDigitalPhotos.net

Girl with magnifying glass Image courtesy of Naypong / FreeDigitalPhotos.net

VER PARA CREER/3D

—¿Qué está mirando toda esa gente?

—¿Dónde?

–Ahí… —le dijo la mujer alta, impaciente, a su compañera, señalando a una tienda cercana.

Podrían haber sido hermanas, aunque probablemente sólo eran amigas. Las dos tenían unos cuarenta años, llevaban gabardinas y bolsas de la compra, la única diferencia entre las dos era que una era unos centímetros más alta que la otra. El centro comercial era un buen lugar para pasar otra mañana aburrida mientras sus maridos trabajaban, sobretodo en un día lluvioso.

A unos pasos de ellas habían al menos unas veinte personas, todas mirando al escaparate de una tienda grande. Parecía que estuvieran en trance, fascinados, sin apenas moverse…

—Vamos a ver —dijo la mujer baja.

Cuando llegaron allí, empujaron a un par de jóvenes y se plantaron en primera fila, para tener mejor vista.

—Ah, es otra de esas tiendas con posters del Ojo Mágico.

Había dos enormes posters  y una pequeña nota con instrucciones.

—Yo jamás he conseguido ver nada—dijo la mujer alta—. No creo que se pueda. Creo que nos están tomando el pelo. Como en el cuento del traje nuevo del emperador.

Un niño cerca de ellos dijo que él lo podía ver.

—¡Tonterías! —dijo la mujer alta.

—¿Por qué no pruebas con las gafas? Yo me he dejado las mías en casa— le sugirió su amiga.

—De acuerdo, de acuerdo, lo intentaré.

La mujer alta se puso las gafas, y se concentró en el póster de la derecha. Bizqueó, se balanceó hacia delante y hacia atrás, y entonces…

—Ah, sí…¡Es increíble!…Hay una puerta…parece…muy real…Casi puedo tocar la empuñadura…—ella levantó la mano y…

—Bueno, pues yo sigo sin ver nad…— la mujer baja se interrumpió a media frase —¿Dónde estás? ¿A dónde has ido?”

Su amiga no estaba en ningún sitio. Miró a su alrededor, entró en la tienda… Nada. Desaparecida. Se debía haber ido mientras ella estaba entretenida con el póster.

—Es de muy mala educación dejarme tirada así— se murmuró a sí misma.

El mismo niño le susurró a su padre:

—La señora en el póster…La de la derecha…¿La ves? Está en medio de un espacio vacío y negro, y parece sorprendida…¿No crees que se parece mucho a la señora que estaba aquí al lado hace unos minutos? Creo que es ella.

—¡No digas tonterías! ¡Es solo un póster!

El niño miró a su padre, nada convencido. Detrás de ellos, la señora baja echó un último vistazo a su alrededor, miró al póster, se prometió a sí misma que la próxima vez traería las gafas, y que jamás le volvería a hablar a su amiga de compras. ¡Desparecer de esa manera no se hacía!

Gracias por leer y si os ha gustado, y sabéis, dadle al me gusta, comentad y compartid!

Hola a todos:

Os comenté hace poco que estaba trabajando en varios proyectos. Uno es una serie de novelas juveniles (he acabado el borrador de la segunda pero quiero acabar la tercera y traducirlas antes de publicarlas), también hay una novela romántica que me está dando la lata para que la escriba, pero he decidido primero publicar una novela corta que escribí hace tiempo, Familia, lujuria y cámarassobre vigilancia y grabaciones, voyeurismo y juegos psicológicos. Una amiga está atareada con la portada y yo estoy en proceso de corrección. Espero que esté lista y publicada en un par de meses, si no antes.

Ya había compartido algo de la historia hace unos meses, pero os dejo una muestra un poco más larga, para ver qué os parece.

Flying cameras. Image courtesy of Victor Habbick / FreeDigitalPhotos.net

Flying cameras. Image courtesy of Victor Habbick / FreeDigitalPhotos.net

 

El paquete estaba plantado en mi mesa de despacho, marrón y de apariencia inocente. Tenía mi nombre escrito, mi título (Sub-editora) y la dirección de la oficina. Lo cogí, lo sopesé, lo agité… Era demasiado grande para un CD. Mi corazón empezó a latir muy deprisa y mis manos a temblar. Lo que llevaba temiendo hacía tiempo había pasado. Herman finalmente me había encontrado.

Pegué un salto al sentir una mano en mi hombro.

—Perdona. No quería asustarte. Solo… ¿Cuál prefieres?

Matt, uno de los diseñadores gráficos, había estado preparando la portada de la antología que estábamos a punto de publicar. Estaba plantado delante de mí con una hoja de papel, una posible portada, en cada mano.

—Yo… ¿cuál te gusta más a ti?

—Las dos son mías. No sé.

Me estaba mirando. Era un hombre bajo, con una pinta algo rara, todo cabeza y ojos.

—¿Es un CD?

Todavía tenía el paquete en mi mano derecha.

—No, un DVD.

—¿Algo interesante?

—Me parece que es una grabación familiar que estaba esperando. ¿Sabes si alguna de las cabinas de visionado está libre?

—Que yo sepa no hay nadie allí esta mañana. ¿Cuál? — me preguntó, volviendo a acercarme las dos hojas.

—Oh…los diseños…Me gustan los dos. Pregúntale a Alan. O escógelo tú mismo. Siempre podemos usar el otro diseño cuando publiquemos otra antología.

—OK. Espero que disfrutes la película.

—Seguro…

—…que no —me dije a mi misma cuando salió de la oficina. Casi corriendo me dirigí a una de las cabinas, la que estaba más lejos de la puerta en el rincón más retirado. No quería ser interrumpida ni que me viera nadie. Tenía que estar completamente segura. Una vez allí, abrí el paquete. No había ninguna nota. Solo el DVD. Cubierta en blanco. Encendí la televisión y el DVD. Contemplé como la máquina se tragaba el disco, sintiéndome como hipnotizada. Después de unos segundos con la pantalla en blanco, apareció Herman. Estaba todavía más delgado y pálido que la última vez que lo había visto, si eso era posible. Llevaba el pelo largo, grasiento, y se distinguía alguna cana. Parecía cansado pero sonrió, una sonrisa de anuncio de pasta dentífrica.

—Hola Pat…Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, ¿no? Más de tres años. Por supuesto, tú me estás viendo, pero yo no te puedo ver. Aún no, vamos. ¿O crees que sí te puedo ver?… Lo que me hiciste no fue nada elegante. Hacer las maletas e irte cuando lo estábamos pasando tan bien. Y enviarme un correo electrónico. ¡Tan impersonal! “No intentes contactarme. Déjame sola o…” Me he estado preguntando “¿o qué?” todos estos años. No es justo. He estado muy aburrido todo este tiempo. Viendo nuestra última grabación. ¿Te acuerdas? Aquí te dejo una selección.

La pantalla se quedó en blanco un minuto y las imágenes siguientes eran de una pareja, desnudos los dos, en una cama estrecha, en medio de una relación sexual. Herman, el hombre en la grabación, parecía estar actuando para la cámara, intentando que la acción se viera lo más posible. Sólo cuando se aproximó al orgasmo pareció perder el control y olvidarse de la actuación. A la mujer casi no se la veía hasta el final, cuando Herman se tendió a su lado, acariciándole el abdomen y besándole los pezones. Herman pareció recordar la cámara de repente y estrujándole la cara la hizo sentarse.

—Sonríe a la cámara.

Miré la pantalla vacía. Mi imagen mirándome desde el golfo de tres años me hizo sonrojarme y sentirme humillada. Pero aún no se había acabado. Herman se paseó por delante de la cámara y se sentó.

—Espero que lo disfrutaras. Yo lo hice. De hecho, no me diste demasiada oportunidad para preguntártelo. Pero, he estado pensando sobre nuevo ángulos para la cámara. Y sería más interesante si la próxima vez tú estuvieras encima. Te llamaré esta mañana. Solo para discutir los detalles. Adiós. Estoy muy feliz de haberte encontrado finalmente.

Volví a mi despacho y me senté. Metí el DVD en el primer cajón, el único con llave. Y lo cerré. El teléfono blanco parecía inofensivo y puro. No me sentía capaz ni de pensar ni de hacer nada. Contemplé la posibilidad de dejar la oficina e irme a casa. Quizás debería emigrar. Pero me sentía exprimida de toda energía. Me dediqué a esperar que sonara el teléfono. Y lo hizo.

—Hola Pat. Soy Cal. ¿Estás ocupada esta noche?

—¿Esta noche?…No sé. Estoy esperando una llamada telefónica. No lo sé aún. ¿En qué estabas pensando?

—Cena íntima, película, sexo…Lo habitual.

—Te llamaré cuando sepa lo que voy a hacer.

—¿Estás bien? Suenas un poco…rara.

—Solo estoy un poco cansada. Estoy bien, Cal.

—De acuerdo, pero no te olvides de llamarme. Ya sabes que tengo admiradoras haciendo cola…

—Te llamo más tarde.

—Pat…solo era una broma.

—Lo sé cariño, lo sé. Perdona, no estoy muy fina hoy. Te llamo más tarde. Gracias por llamar.

Cal… era un hombre tan encantador. ¿Cómo podría explicarle Herman a él? ¿Cómo podría nadie explicarle Herman a alguien? Si desapareciera de una vez por todas…

El teléfono volvió a sonar. Lo dejé sonar unas cuantas veces, hasta que Tina, la chica en la oficina de al lado entró en mi oficina. Siempre estaba vestida a la última moda, impecable maquillaje, ni un pelo fuera de sitio… Corazón de modelo.

—O, creí que no estabas. Iba a contestar al teléfono… Por cierto, alguien llamó antes. Herman… no sé qué. Me dijo que es tu hermano adoptivo. No sabía que tuvieras familia.”

—No nos hablamos hace mucho. Te contaré la historia un día de estos.

Tina se fue y yo cogí el teléfono.

—Hola. Pat Mackenzie al habla.

—Hola Pat. Herman Stenson.

No dije nada. No había nada que decir.

—¿Cómo estás? ¿Sorprendida?

—Nada de lo que hagas me sorprende, Herman.

—Probablemente te creías que te habías librado de mí.

—No creía, rogaba y deseaba ardientemente. ¿Qué quieres?

—Vale, olvidémonos de los buenos modos, ¿no? Solo soy yo, todo queda en familia, ya entiendo. ¿Qué crees que quiero?

No le contesté. Quería colgar el teléfono, pero sabía que no cambiaría nada. Había crecido con el mal nacido.

—Quiero que vengas a verme, Pat. También vivo aquí. Me mudé cuando descubrí tu dirección. Te diré donde vivo.

—No quiero saberlo.

—Es un sitio muy majo.

—Déjame en paz.

—Anda, Pat, se justa. ¿Me he tomado todas estas molestias por encontrarte para nada? Debes venir a verme. Te enseñaré mi sistema de vigilancia y cámaras… Ahora puedo grabarlo todo.

—No quiero…

—De acuerdo, he intentado ser amable, pero ya veo que no funciona. Si eso es lo que quieres, así es como va a ser. Me vendrás a ver o le enviaré una copia del DVD a tu jefe y a tu precioso Carl Tom… como se llame.

—Cal Tomlinson. ¿Qué te hace pensar que me preocupa eso?

—La sub-editora de una revista intelectual seria, sobre Educación, estrella de una película porno. Me parece que no va muy bien con el tipo de trabajo.

—No es una película porno.

—Sé lo que es y tú también, pero nadie más lo sabe. Nadie lo entendería. Y estoy seguro de que Carl no sería diferente a los demás.

—Cal.

—No me importa nada como se llame. A menos que quiera ser protagonista en la película… aunque… no, dejémoslo como estás.”

—¿POR QUÉ NO TE BUSCAS A OTRA PERSONA CON QUIEN… —de repente bajé la voz cuando me di cuenta de que probablemente Tina y la mitad de la oficina me debían estar oyendo —…follar?

—Es un algo más que eso, amor. Ven a verme y hablaremos de ello.

Escribí su dirección automáticamente y colgué el teléfono.

Tina entró en mi oficina en el instante en que acabé la llamada.

—¿Estás bien? Te oí chillar.

—Solo son… Asuntos familiares.

—Cuéntame.

—Mi hermanastro, Herman. Mi padre murió cuando yo era muy joven, solo tenía cinco años y mi madre se volvió a casar con un hombre cuya esposa estaba internada en un hospital psiquiátrico de por vida, tan loca estaba la pobre. Tenía un hijo, Herman. Un par de años mayor que yo. Siempre un poco extraño, nunca tuvo muchos amigos… Un rarillo. Pasaba todo el tiempo viendo la televisión, con sus cámaras de vídeo grabándolo todo y el resto del tiempo con su ordenador. Cuando dejó el instituto, donde nunca tuvo grandes notas, aparte de en informática, consiguió un trabajo de diseñador de páginas de web y de programador para compañías muy grandes. Nuestros padres murieron en un accidente de tren justo cuando yo acababa el instituto. Conseguí un trabajo y empecé a ir a la universidad pero seguíamos viviendo juntos. Se convirtió prácticamente en un recluso, trabajando desde casa, haciendo la compra por Internet o en la tele, y sin hacer ninguna vida fuera. Se volvió muy posesivo, raro y controlador y yo no lo podía soportar, así que me fui.

—Ah.

—Sí. Y no me mantuve en contacto, pero me ha vuelto a encontrar.

—Pues suena de lo más raro. Espero que no te traiga problemas.

—No le dejaré.

—Me voy para que puedas seguir trabajando.

—Gracias Tina. Nos vemos a la hora de comer.

—Vale.

Esa era una versión de la realidad muy adaptada. Si a Tina le pareció que él era raro con lo que le conté, me pregunto qué pensaría si conociera algunos de los detalles más excitantes de la historia. Como el hecho de que cuando tenía doce años consiguió grabar a nuestros padres durante el acto del sexo y se dedicó a ver el vídeo sin parar una y otra vez. De hecho me invitó a una de sus sesiones de visionado. Mi madre y su padre le animaban a que hiciera cosas fuera de casa, incluso intentaron comprarle un coche, pero lo vendió para comprarse más equipamiento electrónico. Cuando murieron nuestros padres no noté diferencia alguna en su comportamiento. Ni una demostración de pena, nada… Solamente se mudó a la habitación de nuestros padres, con todos sus televisores, monitores, ordenadores… Yo me pasé un par de meses con mi tía Rena y cuando volví a la casa la había pintado y redecorado completamente.

—Debemos seguir adelante —me dijo.

Teníamos el dinero del seguro de vida de nuestros padres y Herman ganaba mucho dinero con su trabajo, pero yo decidí trabajar en una tienda cercana. Usábamos una cuenta conjunta en el banco y jamás se quejó de mis gastos. Pero él seguía pasando la mayor parte del tiempo en casa y nunca salía. Contrató a una señora de la limpieza para que cuidase de la casa pero él era el único con permiso para entrar en su habitación.

Alan asomó la cabeza por la puerta de mi oficina.

—Eh, soñadora, tenemos que ir a la reunión sobre los proyectos para la nueva revista. Ven conmigo.

Le seguí sin pensar, feliz por tener una excusa para desconectar y dejar de pensar en Herman. Pero por supuesto Alan tenía que preguntar. Es un chismoso tremendo.

—Entonces dime, ¿a quién le estabas chillando por teléfono? Espero que no fuese uno de nuestros clientes.

—Era mi hermanastro. Herman.

—¿Tu hermanastro? ¿De dónde ha salido? Nunca habías hablado de él.

—Estaba intentando olvidarme de su existencia.

—Ya veo… Pero… ¿es atractivo?

Alan siempre estaba a la búsqueda del hombre de su vida. La idea me hizo sonreír.

—No Alan. No es el tipo de nadie.

Pasamos el resto del día en una reunión/maratón. No pudimos salir para ir a comer y nos trajeron sándwiches de la cafetería de al lado. A pesar de estar cansada hubiera preferido que la reunión durase aún más. Porque ahora no me quedaba más remedio que decidir qué iba a hacer. Encontré una nota de Tina en mi mesa al volver a mi despacho.

—Tu hermanastro llamó por teléfono un par de veces. Dijo que te estaría esperando y que iba a preparar la cena.

Cogí el teléfono para llamar a Herman, pero no lo hice. Sabía que no funcionaría. Tendría que enfrentarme a él más tarde o más temprano, aunque si esperaba lo suficiente quizás conseguiría que me destruyera la vida. En su lugar llamé a Cal.

—Hola.

—¡Hola Pat! ¿Cuándo vienes?

—Perdona Cal, pero no creo que pueda. Debería haberte llamado antes pero he estado atrapada en una reunión. Tengo que ir a ver a alguien.

—¿A quién?

—No lo conoces.

—¿Lo?

Oh Cal, por el amor de Dios, no empieces tú ahora.

—Herman, mi hermanastro.

—¿Tu hermanastro? No sabía…

—No nos llevamos bien. Pensé que no lo volvería a ver, pero me ha encontrado y tengo que ir a verle.

—¿Por qué?

—Tengo que ir.

—¿Y no puedes venir cuando salgas de allí?

—Lo intentaré, pero no me esperes. No te prometo nada. Cuando empieza a hablar no calla nunca.

—Inténtalo. Te quiero.

Cal era muy dulce y cariñoso, pero yo no estaba de humor.

—Hablamos luego.

Colgué el teléfono. Si me volvía  preguntar si le quería… Pobre Cal, había sufrido una niñez muy desgraciada, su padre le había abusado física y sexualmente, y era muy inseguro y necesitado. Yo le quería a mi manera, pero a veces era demasiado intenso para mi gusto.

Estaba a punto de salir por la puerta con el DVD en el bolso cuando sonó el teléfono. Lo cogí y sin escuchar contesté:

—Sí Cal. Te quiero.

—¿Ah sí? Qué tierno. ¿Qué estás haciendo aún ahí? Llevo esperándote hace horas. No te conviene que me impaciente.

—No me importa un comino, Herman. De todas formas ahora vengo.

Su casa estaba en una zona residencial, cara, exclusiva, y muy tranquila. Toqué el timbre de la casa estilo Frank Lloyd Wright. Muy hermosa.

Herman abrió la puerta y se apartó para dejarme entrar. Llevaba puesto un chándal y tenía peor aspecto que en la grabación, aunque al menos el pelo lo llevaba limpio y brillante. Cuando hubo cerrado la puerta, me dio un abrazo e intentó besarme en los labios. Yo aparté la cabeza hacia atrás. Lo intentó dos o tres veces más y al final lo dejó correr.

—Vale, vale. Todo a su debido tiempo.

—Nunca llegará ese momento.

—No seas desagradable. Ven aquí, siéntate.

La casa era realmente preciosa, pero no me interesaba nada.

—¿Qué te parece? —me preguntó después de sentarse en el sofá de blanco de piel de la sala. Hizo un gesto con la mano para que me sentara pero no lo hice. Vino a mi lado y me empujó suavemente haciéndome sentar en el sofá frente al suyo y separado de él por una mesa de cristal. Y volvió a sentarse donde estaba antes.

—¿Sobre qué?

—La casa… Yo…

—Es grande, cara, hermosa… Estoy segura de que alguien la compró para ti. Tú tienes un gusto pésimo.

—No te estás haciendo ningún favor al decir eso. No te olvides de que me gustas mucho.

Le miré fijamente y luego miré al suelo. Le quería estrangular.

—¿Te gusto? ¿Por qué no me dejas en paz si tanto te gusto y quieres que sea feliz?

—Me gusto más de lo que me gustas tú. Y te quiero…

—Tú solo quieres mi cuerpo. ¿Por qué no encuentras a otra? No se me da tan bien el sexo. ¿Por qué no pruebas con una profesional… o cualquier otra mujer? ¿Por qué yo?

—¿Cuánto tiempo nos pasamos discutiendo eso la última vez? Una eternidad. Sabes la respuesta. No es el sexo lo que me interesa. Es…

—Voyerismo. Puro y simple. Mirar. Tú quieres mirar. Mirar todo lo que hace otra persona. Pero no solo otra persona. Te quieres ver a ti mismo haciendo cosas.

—Sí. ¿Por qué te parece tan raro? ¿No hacen lo mismo los actores?

—¡Los actores tienen vida propia! ¡Tú no la tienes! ¡Ellos actúan! Y tienen vidas normales aparte de su carrera. Tú no tienes vida propia. Anda, Herman. Me dijiste que el único placer de verdad que experimentas es mirando. Aunque eso es mentira. Estaba contigo, ¿no te acuerdas? Sé que…

—Por supuesto que experimento placer físico cuando eyaculo. Soy un ser humano. Pero…—yo carraspeé y él me miró, muy serio, antes de seguir hablando— pero no es nada comparado con lo que siento cuando me veo en pantalla y veo mi actuación, y veo tu cara, y tu expresión cuando miras y…

—Ya basta. No quiero escuchar esas porquerías. Soy demasiado mayor para esas fantasías pre-pubescentes. No sé por qué no puedes crecer y comportarte como un adulto. Tú y tus fantasías masturbadoras. Es asqueroso.

Palideció y empezó a temblar. Se agitaba como una hoja y se levantó y salió de la sala. Le oí vomitar en el cuarto de baño. Fui a la cocina, bien equipada, luminosa y espaciosa, y preparé café.

Cuando volvió a la sala le había dejado una taza de café en la mesita frente a su asiento. Herman me miró y sorbió el café lentamente. Su voz sonó distinta y se convirtió en el niño triste que yo recordaba, con el que siempre se metían los niños mayores.

—¿Por qué siempre dices…? Joder, Pat… A veces hablas como si no entendieras nada. Como si tú no lo hubiera disfrutado también. Pat… ¿por qué te comportas así? Sabes perfectamente lo que necesito. Sabes que no puedo vivir sin ello. Lo intenté cuando desapareciste y me di cuenta de que no volverías. No funcionó. No quería contemplarme haciendo el amor con otras mujeres. No podía hacer el amor con otras mujeres. Joder. Lo que sea. No puedo… ¿Te cuesta tanto ayudarme un poco? Sabes que puedes hacer lo que quieras con mi dinero. No me importa. No hace falta que trabajes. Puedes…

—Pasarme todo el día en casa para que me puedas mirar. Ya me sé la historia. La he escuchado antes. No soy un pájaro en una jaula, Herman. Soy una mujer.

—Eres una zorra.

—Como quieras… ¿Por qué no vas a terapia, Herman? No estás bien.

—Estoy perfectamente bien. Puede que tenga intereses sexuales algo alternativos, pero eso no quiere decir que esté loco.

—No sales nunca de casa, Herman. No disfrutas de nada a menos que lo veas en una pantalla. Eso no es alternativo es anormal.

—No me importa lo que quieras llamarme. Soy feliz así. Pero dejemos de hablar de mí, Pat. Sé que no te interesa saber qué he estado haciendo, así que dime qué has hecho todo este tiempo.

—Creí que ya lo sabías todo. ¿No es así?

—Sí. Lo único que quiero saber es por qué me dejaste así. Te fuiste a trabajar esa mañana y nunca volviste. Me preocupé mucho. Llamé a Sue, la de tu oficina, y me dijo que había entregado la carta de renuncia y no habías ido a trabajar ese día. Pensé… no sé lo que pensé. Cuando yo… Mejor mira esto.

Lens aperture Image courtesy of suphakit73 / FreeDigitalPhotos.net

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Living in the Gap

“Ruffled feathers and endless squawking over a minor difficulty is typical of a crow’s life. I lean back on the counter and realize that could be my line….”

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