Hola a todos:

Os comenté hace poco que estaba trabajando en varios proyectos. Uno es una serie de novelas juveniles (he acabado el borrador de la segunda pero quiero acabar la tercera y traducirlas antes de publicarlas), también hay una novela romántica que me está dando la lata para que la escriba, pero he decidido primero publicar una novela corta que escribí hace tiempo, Familia, lujuria y cámarassobre vigilancia y grabaciones, voyeurismo y juegos psicológicos. Una amiga está atareada con la portada y yo estoy en proceso de corrección. Espero que esté lista y publicada en un par de meses, si no antes.

Ya había compartido algo de la historia hace unos meses, pero os dejo una muestra un poco más larga, para ver qué os parece.

Flying cameras. Image courtesy of Victor Habbick / FreeDigitalPhotos.net

Flying cameras. Image courtesy of Victor Habbick / FreeDigitalPhotos.net

 

El paquete estaba plantado en mi mesa de despacho, marrón y de apariencia inocente. Tenía mi nombre escrito, mi título (Sub-editora) y la dirección de la oficina. Lo cogí, lo sopesé, lo agité… Era demasiado grande para un CD. Mi corazón empezó a latir muy deprisa y mis manos a temblar. Lo que llevaba temiendo hacía tiempo había pasado. Herman finalmente me había encontrado.

Pegué un salto al sentir una mano en mi hombro.

—Perdona. No quería asustarte. Solo… ¿Cuál prefieres?

Matt, uno de los diseñadores gráficos, había estado preparando la portada de la antología que estábamos a punto de publicar. Estaba plantado delante de mí con una hoja de papel, una posible portada, en cada mano.

—Yo… ¿cuál te gusta más a ti?

—Las dos son mías. No sé.

Me estaba mirando. Era un hombre bajo, con una pinta algo rara, todo cabeza y ojos.

—¿Es un CD?

Todavía tenía el paquete en mi mano derecha.

—No, un DVD.

—¿Algo interesante?

—Me parece que es una grabación familiar que estaba esperando. ¿Sabes si alguna de las cabinas de visionado está libre?

—Que yo sepa no hay nadie allí esta mañana. ¿Cuál? — me preguntó, volviendo a acercarme las dos hojas.

—Oh…los diseños…Me gustan los dos. Pregúntale a Alan. O escógelo tú mismo. Siempre podemos usar el otro diseño cuando publiquemos otra antología.

—OK. Espero que disfrutes la película.

—Seguro…

—…que no —me dije a mi misma cuando salió de la oficina. Casi corriendo me dirigí a una de las cabinas, la que estaba más lejos de la puerta en el rincón más retirado. No quería ser interrumpida ni que me viera nadie. Tenía que estar completamente segura. Una vez allí, abrí el paquete. No había ninguna nota. Solo el DVD. Cubierta en blanco. Encendí la televisión y el DVD. Contemplé como la máquina se tragaba el disco, sintiéndome como hipnotizada. Después de unos segundos con la pantalla en blanco, apareció Herman. Estaba todavía más delgado y pálido que la última vez que lo había visto, si eso era posible. Llevaba el pelo largo, grasiento, y se distinguía alguna cana. Parecía cansado pero sonrió, una sonrisa de anuncio de pasta dentífrica.

—Hola Pat…Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, ¿no? Más de tres años. Por supuesto, tú me estás viendo, pero yo no te puedo ver. Aún no, vamos. ¿O crees que sí te puedo ver?… Lo que me hiciste no fue nada elegante. Hacer las maletas e irte cuando lo estábamos pasando tan bien. Y enviarme un correo electrónico. ¡Tan impersonal! “No intentes contactarme. Déjame sola o…” Me he estado preguntando “¿o qué?” todos estos años. No es justo. He estado muy aburrido todo este tiempo. Viendo nuestra última grabación. ¿Te acuerdas? Aquí te dejo una selección.

La pantalla se quedó en blanco un minuto y las imágenes siguientes eran de una pareja, desnudos los dos, en una cama estrecha, en medio de una relación sexual. Herman, el hombre en la grabación, parecía estar actuando para la cámara, intentando que la acción se viera lo más posible. Sólo cuando se aproximó al orgasmo pareció perder el control y olvidarse de la actuación. A la mujer casi no se la veía hasta el final, cuando Herman se tendió a su lado, acariciándole el abdomen y besándole los pezones. Herman pareció recordar la cámara de repente y estrujándole la cara la hizo sentarse.

—Sonríe a la cámara.

Miré la pantalla vacía. Mi imagen mirándome desde el golfo de tres años me hizo sonrojarme y sentirme humillada. Pero aún no se había acabado. Herman se paseó por delante de la cámara y se sentó.

—Espero que lo disfrutaras. Yo lo hice. De hecho, no me diste demasiada oportunidad para preguntártelo. Pero, he estado pensando sobre nuevo ángulos para la cámara. Y sería más interesante si la próxima vez tú estuvieras encima. Te llamaré esta mañana. Solo para discutir los detalles. Adiós. Estoy muy feliz de haberte encontrado finalmente.

Volví a mi despacho y me senté. Metí el DVD en el primer cajón, el único con llave. Y lo cerré. El teléfono blanco parecía inofensivo y puro. No me sentía capaz ni de pensar ni de hacer nada. Contemplé la posibilidad de dejar la oficina e irme a casa. Quizás debería emigrar. Pero me sentía exprimida de toda energía. Me dediqué a esperar que sonara el teléfono. Y lo hizo.

—Hola Pat. Soy Cal. ¿Estás ocupada esta noche?

—¿Esta noche?…No sé. Estoy esperando una llamada telefónica. No lo sé aún. ¿En qué estabas pensando?

—Cena íntima, película, sexo…Lo habitual.

—Te llamaré cuando sepa lo que voy a hacer.

—¿Estás bien? Suenas un poco…rara.

—Solo estoy un poco cansada. Estoy bien, Cal.

—De acuerdo, pero no te olvides de llamarme. Ya sabes que tengo admiradoras haciendo cola…

—Te llamo más tarde.

—Pat…solo era una broma.

—Lo sé cariño, lo sé. Perdona, no estoy muy fina hoy. Te llamo más tarde. Gracias por llamar.

Cal… era un hombre tan encantador. ¿Cómo podría explicarle Herman a él? ¿Cómo podría nadie explicarle Herman a alguien? Si desapareciera de una vez por todas…

El teléfono volvió a sonar. Lo dejé sonar unas cuantas veces, hasta que Tina, la chica en la oficina de al lado entró en mi oficina. Siempre estaba vestida a la última moda, impecable maquillaje, ni un pelo fuera de sitio… Corazón de modelo.

—O, creí que no estabas. Iba a contestar al teléfono… Por cierto, alguien llamó antes. Herman… no sé qué. Me dijo que es tu hermano adoptivo. No sabía que tuvieras familia.”

—No nos hablamos hace mucho. Te contaré la historia un día de estos.

Tina se fue y yo cogí el teléfono.

—Hola. Pat Mackenzie al habla.

—Hola Pat. Herman Stenson.

No dije nada. No había nada que decir.

—¿Cómo estás? ¿Sorprendida?

—Nada de lo que hagas me sorprende, Herman.

—Probablemente te creías que te habías librado de mí.

—No creía, rogaba y deseaba ardientemente. ¿Qué quieres?

—Vale, olvidémonos de los buenos modos, ¿no? Solo soy yo, todo queda en familia, ya entiendo. ¿Qué crees que quiero?

No le contesté. Quería colgar el teléfono, pero sabía que no cambiaría nada. Había crecido con el mal nacido.

—Quiero que vengas a verme, Pat. También vivo aquí. Me mudé cuando descubrí tu dirección. Te diré donde vivo.

—No quiero saberlo.

—Es un sitio muy majo.

—Déjame en paz.

—Anda, Pat, se justa. ¿Me he tomado todas estas molestias por encontrarte para nada? Debes venir a verme. Te enseñaré mi sistema de vigilancia y cámaras… Ahora puedo grabarlo todo.

—No quiero…

—De acuerdo, he intentado ser amable, pero ya veo que no funciona. Si eso es lo que quieres, así es como va a ser. Me vendrás a ver o le enviaré una copia del DVD a tu jefe y a tu precioso Carl Tom… como se llame.

—Cal Tomlinson. ¿Qué te hace pensar que me preocupa eso?

—La sub-editora de una revista intelectual seria, sobre Educación, estrella de una película porno. Me parece que no va muy bien con el tipo de trabajo.

—No es una película porno.

—Sé lo que es y tú también, pero nadie más lo sabe. Nadie lo entendería. Y estoy seguro de que Carl no sería diferente a los demás.

—Cal.

—No me importa nada como se llame. A menos que quiera ser protagonista en la película… aunque… no, dejémoslo como estás.”

—¿POR QUÉ NO TE BUSCAS A OTRA PERSONA CON QUIEN… —de repente bajé la voz cuando me di cuenta de que probablemente Tina y la mitad de la oficina me debían estar oyendo —…follar?

—Es un algo más que eso, amor. Ven a verme y hablaremos de ello.

Escribí su dirección automáticamente y colgué el teléfono.

Tina entró en mi oficina en el instante en que acabé la llamada.

—¿Estás bien? Te oí chillar.

—Solo son… Asuntos familiares.

—Cuéntame.

—Mi hermanastro, Herman. Mi padre murió cuando yo era muy joven, solo tenía cinco años y mi madre se volvió a casar con un hombre cuya esposa estaba internada en un hospital psiquiátrico de por vida, tan loca estaba la pobre. Tenía un hijo, Herman. Un par de años mayor que yo. Siempre un poco extraño, nunca tuvo muchos amigos… Un rarillo. Pasaba todo el tiempo viendo la televisión, con sus cámaras de vídeo grabándolo todo y el resto del tiempo con su ordenador. Cuando dejó el instituto, donde nunca tuvo grandes notas, aparte de en informática, consiguió un trabajo de diseñador de páginas de web y de programador para compañías muy grandes. Nuestros padres murieron en un accidente de tren justo cuando yo acababa el instituto. Conseguí un trabajo y empecé a ir a la universidad pero seguíamos viviendo juntos. Se convirtió prácticamente en un recluso, trabajando desde casa, haciendo la compra por Internet o en la tele, y sin hacer ninguna vida fuera. Se volvió muy posesivo, raro y controlador y yo no lo podía soportar, así que me fui.

—Ah.

—Sí. Y no me mantuve en contacto, pero me ha vuelto a encontrar.

—Pues suena de lo más raro. Espero que no te traiga problemas.

—No le dejaré.

—Me voy para que puedas seguir trabajando.

—Gracias Tina. Nos vemos a la hora de comer.

—Vale.

Esa era una versión de la realidad muy adaptada. Si a Tina le pareció que él era raro con lo que le conté, me pregunto qué pensaría si conociera algunos de los detalles más excitantes de la historia. Como el hecho de que cuando tenía doce años consiguió grabar a nuestros padres durante el acto del sexo y se dedicó a ver el vídeo sin parar una y otra vez. De hecho me invitó a una de sus sesiones de visionado. Mi madre y su padre le animaban a que hiciera cosas fuera de casa, incluso intentaron comprarle un coche, pero lo vendió para comprarse más equipamiento electrónico. Cuando murieron nuestros padres no noté diferencia alguna en su comportamiento. Ni una demostración de pena, nada… Solamente se mudó a la habitación de nuestros padres, con todos sus televisores, monitores, ordenadores… Yo me pasé un par de meses con mi tía Rena y cuando volví a la casa la había pintado y redecorado completamente.

—Debemos seguir adelante —me dijo.

Teníamos el dinero del seguro de vida de nuestros padres y Herman ganaba mucho dinero con su trabajo, pero yo decidí trabajar en una tienda cercana. Usábamos una cuenta conjunta en el banco y jamás se quejó de mis gastos. Pero él seguía pasando la mayor parte del tiempo en casa y nunca salía. Contrató a una señora de la limpieza para que cuidase de la casa pero él era el único con permiso para entrar en su habitación.

Alan asomó la cabeza por la puerta de mi oficina.

—Eh, soñadora, tenemos que ir a la reunión sobre los proyectos para la nueva revista. Ven conmigo.

Le seguí sin pensar, feliz por tener una excusa para desconectar y dejar de pensar en Herman. Pero por supuesto Alan tenía que preguntar. Es un chismoso tremendo.

—Entonces dime, ¿a quién le estabas chillando por teléfono? Espero que no fuese uno de nuestros clientes.

—Era mi hermanastro. Herman.

—¿Tu hermanastro? ¿De dónde ha salido? Nunca habías hablado de él.

—Estaba intentando olvidarme de su existencia.

—Ya veo… Pero… ¿es atractivo?

Alan siempre estaba a la búsqueda del hombre de su vida. La idea me hizo sonreír.

—No Alan. No es el tipo de nadie.

Pasamos el resto del día en una reunión/maratón. No pudimos salir para ir a comer y nos trajeron sándwiches de la cafetería de al lado. A pesar de estar cansada hubiera preferido que la reunión durase aún más. Porque ahora no me quedaba más remedio que decidir qué iba a hacer. Encontré una nota de Tina en mi mesa al volver a mi despacho.

—Tu hermanastro llamó por teléfono un par de veces. Dijo que te estaría esperando y que iba a preparar la cena.

Cogí el teléfono para llamar a Herman, pero no lo hice. Sabía que no funcionaría. Tendría que enfrentarme a él más tarde o más temprano, aunque si esperaba lo suficiente quizás conseguiría que me destruyera la vida. En su lugar llamé a Cal.

—Hola.

—¡Hola Pat! ¿Cuándo vienes?

—Perdona Cal, pero no creo que pueda. Debería haberte llamado antes pero he estado atrapada en una reunión. Tengo que ir a ver a alguien.

—¿A quién?

—No lo conoces.

—¿Lo?

Oh Cal, por el amor de Dios, no empieces tú ahora.

—Herman, mi hermanastro.

—¿Tu hermanastro? No sabía…

—No nos llevamos bien. Pensé que no lo volvería a ver, pero me ha encontrado y tengo que ir a verle.

—¿Por qué?

—Tengo que ir.

—¿Y no puedes venir cuando salgas de allí?

—Lo intentaré, pero no me esperes. No te prometo nada. Cuando empieza a hablar no calla nunca.

—Inténtalo. Te quiero.

Cal era muy dulce y cariñoso, pero yo no estaba de humor.

—Hablamos luego.

Colgué el teléfono. Si me volvía  preguntar si le quería… Pobre Cal, había sufrido una niñez muy desgraciada, su padre le había abusado física y sexualmente, y era muy inseguro y necesitado. Yo le quería a mi manera, pero a veces era demasiado intenso para mi gusto.

Estaba a punto de salir por la puerta con el DVD en el bolso cuando sonó el teléfono. Lo cogí y sin escuchar contesté:

—Sí Cal. Te quiero.

—¿Ah sí? Qué tierno. ¿Qué estás haciendo aún ahí? Llevo esperándote hace horas. No te conviene que me impaciente.

—No me importa un comino, Herman. De todas formas ahora vengo.

Su casa estaba en una zona residencial, cara, exclusiva, y muy tranquila. Toqué el timbre de la casa estilo Frank Lloyd Wright. Muy hermosa.

Herman abrió la puerta y se apartó para dejarme entrar. Llevaba puesto un chándal y tenía peor aspecto que en la grabación, aunque al menos el pelo lo llevaba limpio y brillante. Cuando hubo cerrado la puerta, me dio un abrazo e intentó besarme en los labios. Yo aparté la cabeza hacia atrás. Lo intentó dos o tres veces más y al final lo dejó correr.

—Vale, vale. Todo a su debido tiempo.

—Nunca llegará ese momento.

—No seas desagradable. Ven aquí, siéntate.

La casa era realmente preciosa, pero no me interesaba nada.

—¿Qué te parece? —me preguntó después de sentarse en el sofá de blanco de piel de la sala. Hizo un gesto con la mano para que me sentara pero no lo hice. Vino a mi lado y me empujó suavemente haciéndome sentar en el sofá frente al suyo y separado de él por una mesa de cristal. Y volvió a sentarse donde estaba antes.

—¿Sobre qué?

—La casa… Yo…

—Es grande, cara, hermosa… Estoy segura de que alguien la compró para ti. Tú tienes un gusto pésimo.

—No te estás haciendo ningún favor al decir eso. No te olvides de que me gustas mucho.

Le miré fijamente y luego miré al suelo. Le quería estrangular.

—¿Te gusto? ¿Por qué no me dejas en paz si tanto te gusto y quieres que sea feliz?

—Me gusto más de lo que me gustas tú. Y te quiero…

—Tú solo quieres mi cuerpo. ¿Por qué no encuentras a otra? No se me da tan bien el sexo. ¿Por qué no pruebas con una profesional… o cualquier otra mujer? ¿Por qué yo?

—¿Cuánto tiempo nos pasamos discutiendo eso la última vez? Una eternidad. Sabes la respuesta. No es el sexo lo que me interesa. Es…

—Voyerismo. Puro y simple. Mirar. Tú quieres mirar. Mirar todo lo que hace otra persona. Pero no solo otra persona. Te quieres ver a ti mismo haciendo cosas.

—Sí. ¿Por qué te parece tan raro? ¿No hacen lo mismo los actores?

—¡Los actores tienen vida propia! ¡Tú no la tienes! ¡Ellos actúan! Y tienen vidas normales aparte de su carrera. Tú no tienes vida propia. Anda, Herman. Me dijiste que el único placer de verdad que experimentas es mirando. Aunque eso es mentira. Estaba contigo, ¿no te acuerdas? Sé que…

—Por supuesto que experimento placer físico cuando eyaculo. Soy un ser humano. Pero…—yo carraspeé y él me miró, muy serio, antes de seguir hablando— pero no es nada comparado con lo que siento cuando me veo en pantalla y veo mi actuación, y veo tu cara, y tu expresión cuando miras y…

—Ya basta. No quiero escuchar esas porquerías. Soy demasiado mayor para esas fantasías pre-pubescentes. No sé por qué no puedes crecer y comportarte como un adulto. Tú y tus fantasías masturbadoras. Es asqueroso.

Palideció y empezó a temblar. Se agitaba como una hoja y se levantó y salió de la sala. Le oí vomitar en el cuarto de baño. Fui a la cocina, bien equipada, luminosa y espaciosa, y preparé café.

Cuando volvió a la sala le había dejado una taza de café en la mesita frente a su asiento. Herman me miró y sorbió el café lentamente. Su voz sonó distinta y se convirtió en el niño triste que yo recordaba, con el que siempre se metían los niños mayores.

—¿Por qué siempre dices…? Joder, Pat… A veces hablas como si no entendieras nada. Como si tú no lo hubiera disfrutado también. Pat… ¿por qué te comportas así? Sabes perfectamente lo que necesito. Sabes que no puedo vivir sin ello. Lo intenté cuando desapareciste y me di cuenta de que no volverías. No funcionó. No quería contemplarme haciendo el amor con otras mujeres. No podía hacer el amor con otras mujeres. Joder. Lo que sea. No puedo… ¿Te cuesta tanto ayudarme un poco? Sabes que puedes hacer lo que quieras con mi dinero. No me importa. No hace falta que trabajes. Puedes…

—Pasarme todo el día en casa para que me puedas mirar. Ya me sé la historia. La he escuchado antes. No soy un pájaro en una jaula, Herman. Soy una mujer.

—Eres una zorra.

—Como quieras… ¿Por qué no vas a terapia, Herman? No estás bien.

—Estoy perfectamente bien. Puede que tenga intereses sexuales algo alternativos, pero eso no quiere decir que esté loco.

—No sales nunca de casa, Herman. No disfrutas de nada a menos que lo veas en una pantalla. Eso no es alternativo es anormal.

—No me importa lo que quieras llamarme. Soy feliz así. Pero dejemos de hablar de mí, Pat. Sé que no te interesa saber qué he estado haciendo, así que dime qué has hecho todo este tiempo.

—Creí que ya lo sabías todo. ¿No es así?

—Sí. Lo único que quiero saber es por qué me dejaste así. Te fuiste a trabajar esa mañana y nunca volviste. Me preocupé mucho. Llamé a Sue, la de tu oficina, y me dijo que había entregado la carta de renuncia y no habías ido a trabajar ese día. Pensé… no sé lo que pensé. Cuando yo… Mejor mira esto.

Lens aperture Image courtesy of suphakit73 / FreeDigitalPhotos.net

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