Elixir 1 (1)

Como es casi San Valentín, decidí participar en una iniciativa de uno de los grupo en Goodreads (Café Literario) que sugirieron publicar historias para celebrar ciertas ocasiones. Y este mes, por San Valentín y la fiesta de la amistad tocan historias románticas o que celebren la amistad. Se me ocurrió escribir esta historia, y compartirla con vosotros, a ver qué os parece.

El elixir del amor verdadero

La cosa duraba ya dos días y a Amelia se le habían acabado la paciencia y las ideas. Era cierto que quería encontrar novio y llevaba mucho tiempo sin salir en serio con nadie. Pero de ahí a que de repente todos los hombres con los que se cruzaba se la quedasen mirando, empezasen a decirle tonterías, y la siguieran por donde quiera que fuera, había un abismo.

Había esperado a que oscureciera para evitar tener a un pelotón de hombres siguiéndola por todas partes. Lo único que se le había ocurrido, después de consultar el internet sin encontrar ninguna respuesta, fue ir a ver a la abuela Petra. En su pueblo, Madejar, la abuela Petra era la autoridad en todo lo que se refería a la historia local, hierbas y pociones, cosas del corazón, folklore…Petra Gutiérrez era la versión autóctona de Google, aunque con mucho más estilo y color.

Al amparo de la noche e intentando no cruzarse con nadie Amelia llegó a la casa de la abuela Petra. Era una casona baja, tosca, que parecía arrancada a golpes de cincel de la colina de piedra en la que se apoyaba.

—¡Abuela Petra! ¡Abuela Petra! Soy yo, Amelia. ¡Necesito su ayuda!

—Pasa hija, pasa. Ya sabes que aquí siempre eres bienvenida.

Amelia entró en la casa, que parecía un museo de la vida rural de hacía un par de siglos, y encontró a la abuela sentada frente al fuego en la sala/comedor.

—Hola abuela.

—Hola hija. Siéntate, siéntate. ¿Cómo vienes a estas horas con tantas prisas?

Amelia le obedeció, sentándose en una silla baja, y sin darle más vueltas al asunto fue directa al grano, como solía.

—Abuela, hace un par de días que me está pasando algo muy raro. Cada vez que salgo de casa todos los hombres se giran para mirarme, me echan piropos, me compran flores, me siguen a todas partes como perritos falderos… No sé qué les pasa a todos, pero no es normal. Y no me digas que soy muy guapa y que les gusto, que eso no me había pasado nunca antes, y sé que no es cierto.

La abuela Petra la miró fijamente y se quedó callada, reflexionando. Al final dijo:

—¿Hiciste algo fuera de lo normal hace un par de días?

—¿El jueves?… Nada que yo recuerde. Estaba repasando los papeles y ordenando cosas y… ¡Es cierto! Encontré unas cuartillas sueltas entre las cosas de mi madre. Recetas. Me preparé una de las tisanas.

—¿Recuerdas qué llevaba?

—De hecho no tengo ni idea.

—¿Qué quieres decir?

—En lugar de ingredientes lo que había en la receta eran símbolos. Me di cuenta de que correspondía a algunas de los frascos que tenía mi madre en su alacena de ingredientes. Y preparé la tisana.

elixir 2

—¿Y la tomaste sin saber lo que llevaba?

Amelia miró a la abuela Petra.

—Mi madre siempre me había dicho que no había venenos ni ningún ingrediente peligroso en su alacena…Ya sé que no me acuerdo de todo y que mi madre… murió hace años, pero de eso me acuerdo perfectamente.

El padre de Amelia era geólogo y trabajaba en explotaciones petrolíferas en el extranjero y le veía poco. Su madre había sido su roca, y la había criado casi sin ayuda. Por desgracia su madre…

Sintió que se le humedecían los ojos. La abuela Petra se levantó de la silla y abrazó a Amelia, estrechándola fuerte.

—Todos echamos de menos a Cristina. Tu madre era una gran mujer.

A pesar del tiempo que hacía que había muerto su madre, casi cinco años, Amelia se había resistido a guardar sus cosas y lo había dejado todo como estaba, hasta hacía unos días. El ayuntamiento estaba planeando unas obras de mejora de la calle donde vivía y le habían pedido unos documentos. Y durante su búsqueda se había tropezado con lo que parecían unas recetas, y un diario de su madre, aunque escrito usando un código que aún no había conseguido descifrar.

—Sí, pero ¿por qué escribir las recetas y su diario de una forma tan rara? Ni que tuviera grandes secretos que ocultar.

La abuela Petra suspiró profundamente y se volvió a sentar. Fijó su mirada en el fuego.

—De hecho…Hay muchas cosas que tú no sabes de tu madre.

—¿Qué quieres decir?

—Si quieres saberlo todo…tendrías que ir a ver a la mejor amiga de tu madre. Manuela.

—¿A Manuela? ¿La madre de Fran?

—Sí, la madre de Paco.

Amelia y Francisco (al que todos llamaban Paco, aunque ella siempre le había llamado Fran) habían sido muy amigos de pequeños. Sus madres se conocían desde la escuela y ellos jugaban juntos mientras sus madres charlaban, cocinaban, trabajaban…

—¿Le has visto? Paco está visitando a sus padres. Está de vacaciones. Ha venido muy guapo —dijo la abuela Petra.

—No. No le he visto. Hace tiempo que no nos vemos…

Muy guapo…Desde luego. De pequeño Fran era un niño torpe, delgado como un fideo, siempre despeinado y desaliñado. A Amelia su aspecto nunca le había importado mucho, y aunque no era el chico más popular de la escuela, se divertían juntos un montón. Leían historias, jugaban interpretando a los personajes de la tele, ideaban aventuras imaginarias, y estudiaban y hacían los deberes. Eran inseparables. Un verano, cuando tenían unos 17 años, Fran se fue de vacaciones a la costa con sus tíos y al volver no parecía el mismo. Alto, moreno, vestido a la última, y musculoso. De repente todas las chicas se echaban a sus pies, se volvió don popular, y se le subieron los humos a la cabeza, o eso le pareció a ella. Siempre estaba ocupado, nunca tenía tiempo para verla, y al final…

—Pues si quieres enterarte de qué está pasando y encontrar una solución, Manuela es la clave.

—¿No me vas a decir nada más?

—Ve a ver a Manuela. Estoy segura de que ella te lo podrá explicar todo. Y además, ya va siendo hora de que hagas las paces con Paco.

—Yo no….

—No, no me digas que no os habéis peleado. Eráis inseparables y como me has dicho antes, ahora ni os habláis. A menos que quieras seguir con todos los hombres con los que te cruces persiguiéndote, más vale que vayas a ver a Manuela.

—Me lo pensaré.

Amelia se encaminó a la puerta pero se detuvo antes de abrirla. Había mucho ruido, como si hubiera una multitud de gente fuera, o un enjambre de abejorros. Miró por la ventana y vio a un montón de hombres, en vilo, esperándola.

—¿Puedo salir por algún otro sitio?

—Por la puerta de la cocina… — la abuela Petra soltó una risotada —. Entonces parece que al final vas a ir a ver a Manuela, ¿no?

Amelia se encogió de hombros y echó a correr hacia la cocina. Salió a paso ligero para evitar que la pillaran los hombres que se habían acumulado fuera de la casa de la abuela Petra. Tenía que ir con cuidado ya que no les daría el esquinazo por mucho tiempo.

La casa de Pedro y Manuela Márquez, los padres de Francisco, estaba al lado de la iglesia, a unos cinco minutos de la casa de la abuela Petra. Amelia llegó allí sin aliento y se puso a golpear la puerta con rapidez.

—¡Por favor! ¡Por favor! ¡Abrid!

—¿Pero qué pasa?

Francisco abrió la puerta. A pesar de lo desesperado de la situación, Amelia no pudo evitar una profunda inhalación cuando vio a su amigo de infancia. La abuela Petra tenía razón. Estaba buenísimo. Él le ofreció una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Amelia! ¡Cuánto tiempo!

—Hola Fran. ¿Está tu madre?

La expresión de Francisco cambió a una seca y dura.

—Sí. Está dentro. Pasa.

—Cierra la puerta. Si no lo haces vas a tener la casa invadida de hombres.

Francisco la miró con cara de sorpresa pero ella no tenía ganas de explicaciones. O bueno, sí, pero no en aquel momento. Mientras se dirigía hacia la cocina, de donde se oía salir el sonido de una radio, Amelia se preguntó si quizás se habría acabado el extraño poder que había adquirido sobre los hombres, ya que Fran se había comportado de forma completamente normal con ella. O eso o era inmune. Golpeó la puerta de la cocina con los nudillos.

—Pasa, Amelia.

—¿Cómo sabías que era yo?

Manuela la miró y sonrió. Aunque físicamente no se parecían demasiado, ya que Manuela era alta y morena y su madre bajita y de pelo castaño, a Amelia siempre le recordaba a su madre, y esa era otra de las razones por las que no se había pasado mucho por allí.

—Te estaba esperando. He oído que te has convertido en un imán para los hombres.

—La abuela Petra tenía razón. Me dijo que tenía que venir a verte y que tú me contarías algo sobre mi madre que lo explicaría todo. No sé yo…

—Siéntate, Amelia, y dime qué pasa.

Amelia se lo explicó todo.

—Entonces, ¿qué me dices? ¿Qué es eso tan importante que tú sabes sobre mi madre?

—No sé si crees en…la sabiduría tradicional, cosas fuera de lo corriente, que no se pueden explicar fácilmente ni racionalmente…

—¿De qué estamos hablando? ¿De vampiros, hadas, hombres lobo…? —dijo Amelia, medio riéndose.

—No… —dijo Manuela —. Estamos hablando de hechizos y brujería…Blanca, eso sí.

—¿Quieres decir que mi madre era una bruja? ¿Estás de broma?

—No. Quiero decir que las dos tenemos…teníamos, una habilidad especial, y sabemos cosas sobre hierbas, pociones…

The Love Potion, Evelyn de Morgan, 1903

The Love Potion, Evelyn de Morgan, 1903

—Eso es ridículo.

—En absoluto. Utilizábamos un lenguaje especial, un código para escribir sobre nuestras experiencias. Si quieres te puedo ayudar a descifrar su diario y las recetas. Sospecho que tú debes haber heredado la habilidad. Y yo tengo guardados libros de hechizos y pócimas de nuestras abuelas y tatarabuelas. Nos viene de familia. De hace muchos años. Solo a las mujeres de las dos familias.

Amelia no estaba dispuesta a creerse nada de aquello.

—Si fuera verdad algo habría oído. Todos los pueblos tienen sus leyendas e historias. Jamás he oído nada sobre Madejar.

—Nosotras y nuestras familias siempre fuimos muy discretas.

Amelia seguía sin creerse nada.

—Entonces, según tú, ¿por qué me está pasando esto?

—No lo he probado nunca, pero esta “tisana” de la que me has hablado tiene que ser el elixir del amor verdadero.

—¿El qué?

—El elixir del amor verdadero. Toda persona del sexo opuesto que se cruce contigo caerá rendido a tus pies.

—¿Y cuánto duran sus efectos?

—Un mes, más o menos, pero estoy segura de que existe un antídoto y creo que está en uno de mis libros. Lo preparo esta noche y te lo llevo mañana por la mañana. Cuando veas que funciona te darás cuenta de que tengo razón.

Amelia asintió y se dirigió a la puerta. Giró el pomo, pero se quedó pensando.

—¿Qué te pasa? —preguntó Manuela.

—Me estaba preguntando para qué sirve esa poción. Lo entendería si se la dieras a alguien que te gustara para que se enamorara de ti, pero hacer que todos los hombres se enamoren temporalmente de ti por una poción… Eso no es amor verdadero. No entiendo ni para qué sirve, ni el nombre.

Manuela se rió.

—No es por eso por lo que se llama así. Es cierto, el elixir tiene ese efecto en todos los hombres, pero no tiene efecto alguno sobre un hombre que esté enamorado de ti de verdad. Si alguien está enamorado de ti de veras, se comportará como siempre se ha comportado contigo.

—O sea que sirve para distinguir el amor verdadero de una mera ilusión, de un capricho.

—Precisamente.

Amelia salió de la cocina, andando muy despacio. Se paró delante de la habitación de Francisco, que no parecía haber cambiado nada en los últimos años. Llamó a la puerta.

—Fran…

Él abrió la puerta.

—Creí que solo habías venido a ver a mi madre.

—Sí. Perdona, pero necesitaba un consejo urgente. Pero hace tanto que no te veía. Desde que te fuiste a trabajar a la capital.

Francisco estaba de pie, con la puerta entreabierta y cara de pocos amigos.

—Te escribí. Te envié mi correo electrónico. No te dignaste a contestarme —dijo él.

—Te iba a enviar un texto por tu cumpleaños, pero… Estaba segura de tendrías otras cosas que hacer.

Francisco la miró a los ojos.

—Siempre he tenido tiempo para ti. Pensases lo que pensases.

—Siempre te veía tan ocupado, incluso antes de que te fueras…

Francisco suspiró y la expresión de su cara se transformó en una de tristeza.

—Volví de aquellas vacaciones con mis tíos, y de repente…empezaste a comportarte de una forma muy rara conmigo. No sé porqué. Todo lo que yo hacía te parecía mal… Es cierto que gente que nunca se había fijado en mí empezaron a reírme las gracias, pero a mí eso me daba igual.

Amelia se quedó mirando a Francisco. El elixir no parecía ejercer ningún efecto sobre él. Y si Manuela tenía razón, eso solo podía querer decir que…

—Perdóname Fran. Tienes razón.

—Entre tú y yo no hace falta pedir perdón.

—Fran…

Francisco y Amelia se quedaron embobados mirándose el uno al otro. Un carraspeo de Pedro, el padre de Francisco que se les había acercado sin que ellos se dieran cuenta,  les hizo volver en sí.

—¿Te quedas a cenar, Amelia? —preguntó Pedro mirándola con una expresión muy peculiar —. Otra víctima del elixir —pensó Amelia.

—Gracias, pero hoy no puedo. Algún otro día.

—¿Por qué no nos vemos mañana? —sugirió Francisco.

—Me encantaría.

Amelia hizo un amago de salida por la puerta delantera para despistar a sus seguidores y finalmente salió por la puerta del jardín. Llegó a su casa cansada pero feliz. No estaba segura de cómo se sentía sobre un posible legado de brujería y hechizos, pero le agradó saber que el amor verdadero no necesitaba de elixires. Y también comprobar que la amistad es el mejor cimiento del amor.

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