Conocí a María Victoria a través de Twitter y cuando seguí los enlaces y leí sobre su carrera y sus logros me impresionó y decidí que intentaría ver si querría aparecer como invitada en mi blog. María Victoria accedió immediatamente y cuando entramos en detalles me dijo que ella había escrito sobre su vida, sus experiencias, y el porqué se había hecho escritora en su propio blog. Me envió un enlace y después de leerlo yo acepté immediatamente a publicarlo tal como era. Y ahora verán por qué. Les dejo con María Victoria de Lourdes.

María Victoria de Lourdes

De la Imaginación a la Página

MVL1 Seguido me piden que comparta mi trayectoria como escritora. En este espacio les platico cómo ha sido mi camino en esta maravillosa aventura. Antes que nada aclaro que para mí, no es lo mismo ser escritora que ser autora. Escritora he sido desde que aprendí a escribir. Por otro lado, la decisión de publicar lo que escribo, o ser “autora”, llegó mucho después. Por un enojo.

MVL2No me acuerdo cuándo aprendí a caminar, o andar en bicicleta, o en patines. Pero recuerdo perfectamente a la monjita, la madre Carmen, cuando con infinita paciencia guió mi mano en mi cuaderno de caligrafía, y me enseñó a escribir. Con ella aprendí que mis letras panzonas, cuando se “agarraban de la manita”, formaban palabras. La primera palabra que escribí fue mamá. Era exactamente la palabra que necesitaba. Había perdido a mi madre a los tres años, y creía que si llenaba mi libreta con esa palabra, quizás eso alagaría tanto a mi mamá que bajaría del cielo a visitarme. La extrañaba

Desde aquél momento mágico en el que aprendí a plasmar mi sentir en un papel, me entregué a la labor de lleno. Nunca me alcanzaba el papel. Era caro. Y así fue que además de mendigar de mis compañeritas una mordida de sus tortas, mendigaba también una hoja blanca, sólo una, porque había algo muy importante que tenía que escribir y dibujar. La escritura fue una entrega de amor completo. Desde entonces ha sido mi madre, mi hermana, mi mejor amiga, mi terapeuta, mi consuelo, y mi esperanza.

MVL3Mi especialidad, en un principio, eran las cartas largas y rebuscadas. Se las escribía a quién se dejara y aunque no quisiera. Mi tía consentida, la tía Cris, que por aquél entonces vivía en un rancho en Córdoba, fue una de las elegidas. A la pobre nunca le gustó escribir, ni siquiera su nombre, atareada como andaba con la crianza de sus cuatro hijos, el rancho, y el marido. Sin embargo, conmigo hacía el sacrificio, seguramente por lástima. Su hermana, mamá Pilar, se lo agradecía desde el cielo. Por cada diez cartas mías, larguísimas, me contestaba un telegrama más corto que de un tweet. Las esperaba con ansia. Nada me daba más dicha que escuchar el chiflido del cartero, un viejito que llegaba en su bicicleta sudando a gota gorda, bajo el sol inclemente de Veracruz. El hombre, que siempre andaba de buen humor, todos los días me entregaba el correo con un “Aquí tienes, güerita, pero no se me ponga triste. Hoy no hay carta para la pequeña Lulú.” Pero cuando sí había, besaba el sobre antes de dármelo, y tal era mi emoción, que a no ser por una barda de herrería que nos separaba, lo hubiera abrazado. Por la rendija me pasaba el correo y por la rendija le regalaba yo su vaso de agua, porque así me habían educado, a que el agua (y el respeto) no se le niega nunca a nadie. Esa misma tarde le estaba yo contestando a la pobre de la tía Cris con otra carta garapiñada de amor infantil. Siempre fui exagerada.

Cuando llegué a la pubertad, me volví poeta. Y como un poeta no puede inspirarse sin estar enamorada, me enamoré hasta del cocotero. En serio. NoMVL4 sé si estaba guapo pero a mí me parecía divino. Era alto y flaco, de la edad de mis hermanos, y tenía un par de hoyuelos de ensueño. Estoy segura que sabía que me gustaba, porque cada que me veía, se atacaba de la risa. Por las tardes, después de hacer la tarea, me escapaba al boulevard, disimuladamente, para verlo trabajar. Ahí me pasaba las horas, viéndolo podar los flecos de sus cocos a machetazos. Nada me parecía más romántico que aquél amor imposible, platónico, que desafiaba el protocolo de la sociedad jarocha donde las niñas “de bien” habían de casarse (sin mancillar antes su virginidad) con los hijos de las familias de “buen nombre”. Mis libretas se llenaron de poemas cursis que repetían el mismo tema: la niña uniformada huía con su negrito cucurumbé en un carrito de cocos. A nadie le confesé ese amor ilícito porque rápido me hubieran mandado al extranjero, cosa que de cualquier manera hicieron, pero no por ser una poeta enamorada, sino por ser una burra incapaz de dominar el inglés.

MVL6En los Estados Unidos aprendí a leer en inglés, más que nada, para saciar mi apetito voraz por la literatura. En la casa de la familia que gentilmente me hospedó había sólo un libro en español: la biblia. Mis huéspedes eran evangelistas y sentían la obligación de salvar mi alma de la ideología despistada del Papa. Traté de darles gusto y leer ese librote por primera vez. Por más que lo intenté, no pude pasar de la larguísima genealogía de nuestro señor Jesucristo. Rápido corrí a la biblioteca, y con el diccionario a mano, refugié mis largas horas de soledad y añoranza en los cuentos de Hans Christian Andersen y los hermanos Grimm. Poco a poco, conforme mi inglés mejoró, me gradué de la literatura infantil a los grandes. Por fin pude leer en su lengua nativa a Oscar Wilde, entre otros.

Escribir en inglés no fue tan fácil. Es más, confieso que es algo que todavía sigo perfeccionando. Hasta el día de hoy no me atrevo, por ejemplo, a traducir mis propios blogs. Me parece que la traducción es un arte para personas de otros planetas. Acepto que hay tres cosas que sólo puedo hacer en español: escribir, rezar y amar.

Un buen día me enamoré de mi verdadero príncipe, y como a mi amado le gustaba la música (toca el piano) inmediatamente me lancé a la MVL7composición musical. El hecho de que jamás aprendí a discernir los garabatos en el pentágono no me detuvo. Tal era mi amor, que hasta la lírica me salía en inglés. La letra siempre era la misma: I love you, I want you, I need you. Mi amado recibía mis serenatas con una de esas sonrisas de gringo bien educado. Si con mis canciones plagié su conjunto británico favorito, nunca me lo reclamó.

Años después, ya estando casada, ingresé a la universidad. Elegí, por supuesto, la literatura y la narración creativa. Fueron años maravillosos. Para sufragar los gastos de mi carrera, y apoyar a mi marido con la suya, conseguí un trabajo por las noches en un hospital. Ir a la escuela era una delicia en ese ambiente en el que maestros eruditos me señalaban los libros más hermosos jamás escritos. La disciplina en la narración me abrió los ojos, y por primera vez tuve noción de que mis palabras eran melosas, pegajosas, peor que chicles. Estaba bien que fuera exagerada, pero aquello no era “estilo”. Eran cursilerías. La editora despiadada en mi se despertó y con su pluma roja me enseño el recato. Ahora no sé cómo callarla. Todos los días me atormenta. La detesto pero la respeto.

La aventura de la publicación comenzó muchos años después y a raíz de un disgusto. Por aquél entonces, llevaba ya varios años de casada y ejercía como profesora de Derecho en la universidad de Washington. Mis hijos, Nicholás y Manolo, estaban en el apogeo de su adolescencia. Como eran deportistas, casi nunca comían en casa. En aquellas raras ocasiones cuando nos halagaban con su presencia, procurábamos callar la boca y escucharlos. Cualquier pregunta podía ser interpretada como una invasión a su privacidad. Cualquier sugerencia un sermón.

MVL8Fue durante uno de esos almuerzos, que mis hijos sacaron a colación el asunto de sus orígenes. No sabían quiénes eran. No sabían si eran blancos, negros, amarillos o de qué color. Tenían que aplicar a la universidad y una de las preguntas en la aplicación era esa: ¿cuál es tu raza? Si se identificaban como “hispanic”, cabía la posibilidad de que a sus solicitudes se les diera deferencia. De acuerdo a las instrucciones del documento, el tener una madre mexicana definitivamente los calificaba como integrantes de esa “raza”. El hecho de que fueran bilingües, y que toda su familia materna radicara en México, también.

Para mí el asunto estaba clarísimo pero no para mis hijos. ¿Qué tan importante era el color de la piel? Se preguntaban. ¿Y qué tan mexicana era yo, siendo tan blanca? La mamá de Paquito, por ejemplo, ella sí “se veía” mexicana. Paquito también. Por eso lo habían escogido para el papel de César Chávez en la obra de la escuela. Nicholas, en cambio, era más blanco que la harina, y con esos pelos colorados, parecía vikingo. Manolo, con el pelo negro y la ceja espesa, pasaba más como mexicano, y sólo por eso lo habían aceptado en el club de chicanos, pero eso a regañadientes, porque en realidad, parecía más árabe que latino. Era cierto. Manolo podría ser oriundo de cualquier lugar. Incluso podría ser hijo de cocotero.

Me paré de la mesa, corrí a mi despacho y regresé con mi pasaporte mexicano. Además, les recordé que la mamá de Paquito había nacido en Minnesota, no hablaba una pizca de castellano y no sabía ni siguiera cómo freír un frijol. Mis hijos no se convencían. Me miraban con sospecha. Ahí había gato encerrado y quizás su madre no era quien presumía ser. Me quedó clarísimo que mis hijos no sabían absolutamente nada sobre la diversidad de mi país, o sobre nuestras raíces, y que por lo tanto, no podían sentirse orgullosos por su estirpe. Esa misma noche le hablé a mi padre y le pedí que me ayudara a escribir la historia de los abuelos.

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Los hijos del mar. Al terminar el primer capítulo  de aquella novela que escribí con mi padre, se lo envié a mi hermano Tali para que le diera el visto bueno. El, a su vez, lo envió a una editorial en México. Al poco tiempo recibí la llamada de Talí diciéndome que la editorial le había mandado un fax, carácter urgente, diciendo que querían la novela. Me sentí alagada y a la vez aterrada. La novela sólo existía en mi imaginación, pero ahora sí tendría que escribirla.

Así fue que comenzó mi trayectoria como autora. De alguna manera En los quince años que llevo publicando he aprendido lo siguiente: ser autora implica ser dueña de un pequeño negocio. Hay que pedir préstamos, poner la tiendita, vender el producto a grito pelado, llevar la contabilidad, negociar contratos, y encima, producir, porque si uno no produce, uno no tiene qué vender. A veces pienso en el cocotero del boulevard. Ahí estaba, vendiendo sus cocos, día tras día. Seguido sus únicas clientas eran las moscas que espantaba con su trapo rojo, sin enojarse. Otros días vendía todos sus cocos y rápidamente se iba, feliz, al mar. Procuro ser como él. Cuando recibo los rechazos los espanto de mi realidad, sin enojarme, como si fueran moscas. Cuando me va bien, y vendo, corro a mi amado mar, al puerto de Veracruz. Al final, el esfuerzo empresarial es el mismo; requiere tenacidad, disciplina, constancia, mucha fe y paciencia.

Termino compartiéndoles que mi objetivo como escritora no es el mismo que mi objetivo como autora. El “éxito” en mi narración lo lograré el día que la editora en mí (a quien apodo Doña Duda) no tache con su pluma roja lo que escribo. No ansío consagrarme, y tampoco pretendo lograr la inmortalidad con mis obras, pero si quiero respetar el tiempo que mi lector me regala cuando me lee, ofreciéndole mi mejor esfuerzo. Por otro lado, el “éxito” como autora lo lograré el día que pueda vivir de mi escritura. No ambiciono la fama (¡Dios me libre de esa mujer!), o vender un best seller, pero si me gustaría vivir una vida modesta con los ingresos de mis novelas. Esa última palabra la tendrán ustedes, mis queridos lectores, como debe ser.

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Y ahora por supuesto normalmente les hablo de lo que presentaré la semana que viene y les cuento alguna novedad. La verdad es que aún no he decidido lo que los presentaré el Martes. Tengo un par de ideas rodando por la cabeza, pero ya veremos cuál gana.
Lo que le tengo que contar es cómo nos está yendo la promoción de libros gratis a Mary y a mí. Recordarán como les conté que con mi amiga la autora Mary Meddlemore habíamos decidido organizar una promoción y nos habíamos unido para ofrecer  6 libros gratis. Aquí les pongo el enlace por si acaso se les ha pasado.

http://freestuffolgamary.wordpress.com/

Hay de todo: las novelas de Mary (romance paranormal, ciencia ficción), una colección de historias cortas que no tiene desperdicio, una de mis historias de la serie ‘Escaping Psychiatry’ y mi novela ‘El hombre que nunca existió’ en versión castellana e inglesa. El resto de las obras son en Inglés, pero vamos…ya sé que les gustan también…

De momento nos va bien. Creemos que muy bien (yo he ofrecio otra de mis historias de la serie ‘Escaping Psychiatry’ antes, pero las dos tenemos poca experiencia en ésto de promocionarnos y publicamos las novelas sólo hace unos meses). Pero, aún nos queda hasta el día 14 (inclusive) de promoción. Y nos estábamos preguntando qué más podríamos hacer para promocionar esta oportunidad…

Y pensamos en preguntarselo a ustedes. No sean tímidos. Si tienen alguna idea…digánnoslo.

Me pueden dejar un comentario aquí, o en Twitter (@OlgaNM7), o en mi página de Facebook (www.facebook.com/OlgaNunezMiret). O si visitan mi página de web (www.OlgaNM.com)  también he dejado allí una dirección de correo electrónico.

Por supuesto, corran la voz, compartan la noticia y digánselo a todos.

Y muchas gracias por leer!